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Licuadoras,
diásporas, éxodos,globos
Eduardo García
Aguilar
I
La globalización permanente
La historia de la humanidad es un proceso paulatino
de globalización permanente. A partir del primer pitecántropo hasta
los hombres de hoy se ha tejido una red extraordinaria de avances
e intercambios incesantes en materia cultural y técnica, agenciados
siempre por la sangrienta voluntad dominadora de sucesivos imperios
teocráticos. Desde los valles africanos hasta los desiertos y oasis
del Oriente Medio, desde el Eufrates y el Tigris hasta las tierras
ibéricas, galas, celtas, nórdicas germanas, americanas, africanas,
asiáticas, las islas polinesias, los hielos de Siberia, el estrecho
de Behring y América toda desde Alaska hasta la Patagonia, el homo
sapiens ha estado en permanente movimiento, viaje, guerra y mutación:
en fin de cuentas, en estado de permanente e ineluctable globalización.
El hombre escapó de sus iniciales terruños y se
aventuró por selvas, montañas, desiertos y mares hasta el más allá,
hasta lo desconocido. En ese proceso el hombre habló miles de lenguas
y dialectos que desaparecieron y se fundieron para crear otras hablas,
que mezclándose de nuevo desaparecieron para resurgir convertidas
en nuevas lenguas llenas de pasado. Y a su vez el hombre se mezcló
en coitos incesantes creando nuevas razas, tonos de piel, miradas,
pieles, de manera que las más cerradas tribus terminaron por abrir
su puertas para mezclarse. El más duro proteccionismo sexual ordenado
por las autoridades fue vencido por el deseo. El más obstinado plan
conservador y proteccionista en el campo del amor fue roto: ninguna
tribu, raza, país o continente resistió a la pulsión mestiza, que
por fortuna hoy sigue con la misma celeridad y violencia de los
tiempos iniciales.
Cuando una nación se acaba, cuando una tribu es
finalmente seducida y se funde con otra en el goce del lecho, cuando
una lengua muta y desaparece en otra, se está expresando la mejor
pulsión de esta aventura globalizadora del hombre, que hoy asusta
a tantos como en otros tiempos. Cuando una tribu descubre otros
sabores, otras formas de comportamiento y las adopta, comunicando
las suyas a la tribu invadida o invasora, se vive el gran proceso
globalizador de todos los tiempos. De esos pueblos vivos y muertos
del pasado quedan las huellas de sus nombres: egipcios, persas,
chinos, indios, incas, mayas, japoneses, celtas, etruscos, asirios,
griegos, romanos, judíos, árabes, fenicios, tártaros, mongoles,
vikingos, andaluces, gitanos, inuits, germanos, galos, y tras ellos
miles de nombres se suceden y se sucederán por los siglos de los
siglos hasta el fin de este planeta. Pueblos al mismo tiempo devoradores
y devorados, depredadores y depredados.
Toda gran literatura es de éxodo: los grandes relatos
de las sagas indias del Ramayana, la Odisea, la Biblia, la Eneida,
Las Mil y una noche, El Quijote, son el testimonio del éxodo y de
la mezcla de pueblos, razas y culturas por medio de guerras, invasiones,
revoluciones y contrarrevoluciones. En el idílico mundo de los aborígenes
de nuestro continente, también se operaron esas fusiones: los temibles
aztecas que eran tribus bárbaras y crueles provenientes del norte
avasallaron pueblos y los dominaron. A su vez aprendieron de ellos
y fueron vencidos por los españoles con ayuda de tribus rivales
que celebraban el advenimiento de una nueva era, libres por fin
del implacable yugo azteca. Los incas avasallaron también a otros
pueblos. Los españoles y las potencias europeas en general se dedicaron
al lucrativo negocio de la trata de esclavos y arrancaron los habitantes
africanos de su tierra para traerlos al Nuevo Mundo en condiciones
de crueldad extrema: cinco siglos después la sangre y cultura africanas
hacen parte esencial de lo que son América Latina y Estados Unidos
hoy. En Brasil, el sur de Estados Unidos y las costas caribes y
pacíficas la cultura, la música y el espiritu de los negros terminó
por convertirse en la identidad primordial de países enteros, como
es el caso de Colombia.
De todas esas mezclas salió este Extremo Occidente
(1) que somos, lleno de mixturas sin fin en la licuadora histórica:
en las naos españolas venía la sangre mora, negra y judía que se
mezcló aquí para fabricar a los frankensteins del occidente extremo.
Arriba, más tarde, surgió ese maravilloso país que es hoy Estados
Unidos, formado por los miserables de la tierra que huyeron del
hambre europea para probar suerte en el Nuevo Mundo hace apenas
unos siglos: irlandeses, judíos, polacos, franceses, levantinos,
rusos, chinos, negros e hispanos. Europa, ella misma surgida de
mezclas milenarias, habría de traer en el siglo XVIII a este Nuevo
mundo las ideas de la Ilustración y el hálito revolucionario que
subayace en su permanente rebeldía. Hablamos desde un Extremo Occidente
mestizo y por eso en nosotros hablarán siempre a coro y oponiéndose
Calibán y Ariel.
II
El origen: La licuadora colombiana
1
Para bajar de las alturas celestiales de la globalización hasta
la terrenalidad del país donde nací y donde hablo, quisiera referirme
a las diásporas interiores que marcan nuestra leyenda.
Colombia ha sido siempre una licuadora de diásporas y desplazamientos
a lo largo de su historia sangrienta. Y como soy fruto del éxodo
y la diáspora interiores, es necesario identificarse, mostrar las
huellas propias, el barro, la identidad de quien habla, para no
quedarse en el limbo de los grandes conceptos y las citas de adorno
tan usuales en nuestra ensayística.
Puesto que el tema de hoy es " Literatura y globalización
", o tal vez con más exactitud, qué hace un escritor colombiano
" fuera ", cómo se confronta a ese " fuera " ---si es que hay acaso
un " afuera "--- y cómo enfrenta o percibe sus orígenes, quisiera
decir que, aunque me fui de Colombia en 1974 siendo menor de edad
entonces y nunca he vuelto a residir en mi país de manera permanente,
jamás me he sentido " afuera " porque siempre he estado " adentro
". A lo largo de estas tres décadas en París, Estocolmo, Barcelona,
Berlín, Los Angeles, San Francisco, Ciudad de México, y otras ciudades,
como la tortuga que emigra por los océanos, debo reconocer que la
colombianitud ha estado presente cada día en mí como la caparazón
del inmutable quelonio.
¿Pero de qué trata " mi adentro "? Como casi todos
los colombianos, soy el fruto bíblico de largos desplazamientos
a los que estamos acostumbrados a través de los siglos. Mi familia
paterna viene de Sonsón y la materna de Santa Rosa de Osos, ambos
en Antioquia, de donde los bisabuelos debieron emigrar en el marco
del proceso colonizador a fines del siglo XIX al oriente de Caldas,
por tierras cercanas al río Magdalena y los afluentes que descendían
de la cordillera occidental hacia pueblos con nombres tan deliciosos
como La Dorada, Honda, Victoria, Pensilvania, Marquetalia, Samaná,
en tierras pobladas desde hacía milenios por múltiples tribus indígenas
que fueron diezmadas durante la primera colonización española.
Puede uno imaginar entonces historias de ancestros
indios, españoles, negros o judíos perdidos en las montañas de Antioquia,
de tías abuelas camanduleras y decimonónicas vestidas de negro con
su rosario a cuestas en la brumosa Santa Rosa de Osos, de hombres
fuertes de Sonsón atareados en la arriería, en los aserraderos o
en las minas, que al final de la jornada bebían y tocaban tiple
al calor del aguardiente, como bien los describe el " Cancionero
antioqueño ". Luego habrán bajado por las selvas baldías del Oriente
de Caldas en la gesta de la colonización antioqueña para fundar
esos pueblos de montaña o de tierra caliente que nutren los relatos
de la infancia. ¿Quiénes eran, qué pensaban, qué decían esos ancestros
que uno busca en el " Cancionero " y en las obras de Tomás Carrasquilla?
¿En qué pensaban los abuelos Marco y Lola, el tío abuelo Alejandro,
el abuelo Ramón Eduardo, la abuela Mercedes caminando por las plazas
de Victoria, Marquetalia, Pensilvania o la Dorada?
Allí los habrá de encontrar medio siglo después
de su éxodo la Violencia. Y como en la Biblia, verán sus casas quemadas,
tendrán que huir, esconderse, atestiguar la muerte con sus terribles
" cortes de franela " practicados con machete, hoy transformado
en motosierra paramilitar y ejecuciones a sangre fría con arma automática.
De ahí el relato incesante de los " pájaros ", escuchado en la infancia
como un leimotiv, los " pájaros " que llegan al pueblo, la implacable
" chulavita " conservadora (2) que llega a matar y aplanchar con
sus machetes y sus gritos, violaciones e insultos. Y los relatos
de alguna tía recién casada muerta por una bala perdida mientras
cuida a su hijo en la alcoba que da a la plaza, huellas de heridas
secretas, velorios, tíos desaparecidos, cuerpos fluyendo por las
aguas de los ríos, gallinazos revoloteando, curas y obispos que
incitan a perseguir opositores al gobierno, abuelos que alcanzan
a sobrevivir y se extinguen sin entender qué ha pasado ni qué fue
del edén de la infancia.
Surjo pues del éxodo, porque mis jóvenes padres
tuvieron que huir en 1946 de La Violencia conservadora que asolaba
en el oriente de Caldas y el norte del Tolima, hacia Manizales,
la próspera capital de la región, donde nací en 1953 bajo el gobierno
temible de los godos macabros. Todos los de mi generación somos
hijos de gente desplazada, de parejas jóvenes que huyen en esos
años 40 y 50 siniestros, a lo largo y ancho del país, tratando de
salvar la vida y encontrar un trabajo y un remanso de paz en alguna
de las metrópolis nacientes: Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla,
Manizales, Pereira, donde pudieran diluirse y no se les mirase como
forasteros. Soy fruto de esa diáspora colombiana permanente y si
llevo 30 años de errancia es tal vez siguiendo el éxodo del que
provengo, incluso desde antes de que zarparan las naos españolas
de mis ancestros moros y sefardíes. Y si he vuelto a Europa o viajado
a la India o a Marruecos y si quiero un día ir a la Antioquía bíblica,
en la frontera de Turquía e Irak, es tratando siempre de explorar
esos hilos imaginarios de la globalización como esencia de la aventura
humana a la que me refería al inicio.
De los años de mi natal Manizales queda el recuerdo
crucial de ese 20 de julio de 1969 cuando el hombre llega a la luna,
y en familia, ya prósperos, observamos esa noche los pasos de Neil
Amstrong y Buzz Aldrin sobre el satélite. Ese día quedaba atrás
para siempre la ciudad cafetera marcada en la primera mitad del
siglo XX por una generación de escritores inspirados por la ultraderecha
católica francesa, bajo la mirada severa y el incesante tañido de
las campanas de la gigantesca Catedral gótica de cemento armado
que domina todavía la ciudad como el fósil de un animal intergaláctico.
A fines de los años 60 y comienzos de los 70 del
siglo pasado, a través del Festival internacional de Teatro que
se realizaba allí, se abrieron puertas a las ideas nuevas que circulaban
por Europa y el continente latinoamericano, con la presencia de
centenares de jóvenes y viejos dramaturgos, pintores, poetas y críticos
y celebridades de la literatura continental como Pablo Neruda, Miguel
Angel Asturias, y Ernesto Sábato, entre otros. Y desde las sedes
del Colombo-americano y la Alianza francesa fluía el cine y la literatura
modernas, por lo que desde la adolescencia ya estábamos tocados
por esa sed viajera y el deseo de recorrer el mundo para palpar
con propia mano la intrincada red de la cultura y el arte y sus
vasos comunicantes apátridas.
Con la película Blow up vista a los 15 años, el
rock revolucionario que persiste y es actual como propuesta en el
siglo XXI, el viaje a través de In a gadda da vida, Janis Joplin,
Jimmy Hendrix, Santana, las ocurrencias del nadaísmo nacional y
Rayuela de Julio Cortázar, el mundo se veía distinto en ese 1969.
Hasta allí llegaban las ideas de mayo de 1968 francés, el hippismo
de High Ashbury californiano, y la ola revolucionaria encendida
por la muerte del Che Guevara y de Camilo Torres, acompañada por
todas las obras latinoamericanas fundamentales del momento como
Canto general de Pablo Neruda, Pedro Páramo de Juan Rulfo, Paradiso
de José Lezama Lima, el Siglo de las luces de Alejo Carpentier,
Tres tristes Tigres de Guillermo Cabrera Infante, La ciudad y los
perros y Cien años de soledad, entre otras muchas, en ediciones
nuevas de las editoriales Era de México o Sudamericana de Buenos
Aires. La devastadora modernidad de los años 60 con sus rupturas
científicas, ideológicas, estéticas, musicales y literarias había
roto las distancias y aniquilado la vieja provincia católica, patriarcal
y autista.
Luego vino el viaje de la familia a Bogotá para
continuar el delicioso éxodo, La Universidad Nacional de Colombia,
el jardín de Freud junto a Sociología, las películas de Bergman
y Antonioni en la Cinemateca del Planetario, el incendio del edificio
de Avianca, el robo de la espada de Bolivar por el M-19, la exposición
de Soto, la asfixia atroz bajo el gobierno del Frente Nacional,
las múltiples sectas de izquierda y luego el avión de Lufthansa
rumbo a la soñada Europa, en 1974, o sea el primer viaje en globo
hacia y sobre lo global.
2
Ahora que estamos en el terreno de las " señas
de identidad ", de nuestra " licuadora " social, cultural y literaria,
no quisiera sacarle el cuerpo al toro de la literatura colombiana
como lo hacen muchos escritores colombianos que cuando abordan el
tema, para no mojarse, para ignorar a sus contemporáneos, terminan
asestándonos una sarta interminable de citas de Milton, Byron, Hölderlin
o Novalis.
¿Con que equipaje literario local partió el viajero
ese febrero de 1974? ¿Cómo veía la situación de su literatura en
vísperas del viaje? Aunque ahora por los efectos perversos de la
globalización editorial se quiera desconocer a varias generaciones
literarias colombianas incritas en esa ruptura, justo es reconocer
que se partía de una sólida y entusiasta base de contacto con las
literaturas mundiales, antes de que viniera a instalarse el facilismo
del " realismo histérico " (3) precarrasquillano de hoy.
Hasta antes de esa explosión cultural de los años
60, expresada en Colombia en excelentes revistas literarias como
Mito y Eco, la intelligentsia del país estaba conformada de manera
dominante por los herederos de la autista oligarquía del altiplano,
liderada desde la tumba por Miguel Antonio Caro, y sus aliados del
notablato provinciano, en especial payanés, como Guillermo Valencia,
cuya palabra era la única escuchada como salmodia desde los altavoces
de la Avenida Jiménez con carrera séptima.
Fuera de ella sólo quedaba la tuberculosis, la
marginalidad, la sífilis, Julio Florez, Barba Jacob y Osorio Lizarazo.
El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948 es simbólico
porque con esa muerte la oligarquía quería acallar la voz naciente
del negro, del provinciano, del plebeyo de los barrios bajos que
alzaba su voz y hablaba con mayor pertinencia y brillantez que la
viscosa y delincuente clase dirigente aferrada a dudosos apellidos.
Pero al matar al símbolo y desatar la caja de Pandora de la Violencia,
se generó un proceso que condujo a la liberación de las fuerzas
intelectuales del país. Gabriel Garcia Márquez vendría a ser el
símbolo máximo de este fenómeno: el muchacho escuálido y pobre de
provincias que presenciaba en Bogotá el acontecimiento mayor del
siglo terminaría por encarnar ese cambio y realizaría una obra rebelde
que habla de esos desplazamientos y esas diásporas. Cien años
de soledad es la historia bíblica del desplazamiento de la "
ignara plebe " colombiana, es la increíble y triste historia del
pueblo colombiano que culmina con el Premio Nobel en Estocolmo,
ante la mirada envidiosa y sorprendida de nuestra desalmada oligarquía
y sus babosos lacayos.
Ahora la verdadera intelligentsia del país está
conformada en gran parte por nosotros los hijos y nietos de los
perseguidos por la violencia de mitad de siglo XX, por los descendientes
de esos desplazados víctimas de la temible " chulavita ", cuando
se quiso eliminar como hoy la oposición a sangre y fuego. La vasta
generación de escritores, intelectuales y luchadores sociales colombianos
de las últimas generaciones, abocados desde distintos ángulos a
explorar el drama del país a riesgo de su vida y bajo la amenaza
de las llamadas fuerzas oscuras, surge precisamente de esa licuadora
y de esa movilidad provocada por los incesantes desplazamientos
de la violencia de mediados del siglo XX. Por eso ahora se fragua
de manera larvada, pero visible, un nuevo proceso de retorno a los
viejos statu quo político, social y literario: desde las haciendas
de Córdoba, desde Bogotá o desde París o Miami, da lo mismo, algunas
élites políticas, militares, paramilitares, paraliterarias y editoriales
colombianas quisieran volver a acallar a ese Calibán literario múltiple
que surgió de su propia Violencia y sus desplazamientos.
¿Pero cómo se dió esa contrarrevolución del " realismo
histérico " precarrasquillano en la literatura colombiana? Desde
hace poco los representantes de esa " paraliteratura " fueron lanzados
con éxito de ventas y de crítica como los salvadores de la literatura
local, con una narrativa autista, de escándalo, autobiográfica y
neocostumbrista, descuidada, pre-vargasviliana y pre-carrasquillana,
llena de sicarios, putas, efebos, asesinos y narcos, que ellos proponen
como el gran descubrimiento y el tiro de gracia para el " realismo
mágico " y su líder García Márquez. Descubrieron así el agua tibia
y desde entonces se pavonean a diestra y siniestra cacareando el
nuevo invento y matando o queriendo matar al resto de escritores
colombianos.
La sicaresca y otras variantes periodísticas y
guionísticas de la misma, en las que sin duda habrá tal vez algún
autor de talento, tratan de " aplanchar " como los " pájaros " y
la " chulavita " a las generaciones anteriores, en especial a la
excelente " Generación de la librería Buchholz " surgida en los
años 60, a la que quieren enterrar en la fosa común después de hacerle
el " corte de franela ". Este fenómeno floreció en el contexto de
la gran depresión y desencanto reinantes entre un grupo de excelentes
autores colombianos, posteriores a la generacion de Mito, la mayoría
de ellos nutridos alrededor de esa librería en los años sesenta,
cuyo silencio es lamentable.
Después de años de actividad de esa generación,
al pensamiento sucedió el vil escándalo como estrategia y al fascinante
tejido de la prosa, la fácil retahíla de los improperios prevargasvilianos.
A esto se agrega la astucia comercial de los editores, bajo órdenes
estrictas de las mal globalizadas multinacionales de la edición,
que encontraron en sicarios y sicarias enamorados, y bandidos y
prostitutas con fondo de la violencia folclórica, una excelente
vía para relativos éxitos comerciales locales de índole telenovelesca.
O sea la imposición en Colombia de ese " realismo histérico " que
el crítico inglés James Wood fustiga como fenóneno comercial impuesto
también en la novelística anglosajona de las última década.
En la última década el discurso literario colombiano
fue dominado por sermones histéricos centrados sobre el horror de
ser colombiano, como si fuera este país el único en el mundo que
vive el drama de la violencia. Una tenaza odiosa entre editores
y avivatos sedientos de éxito fácil o megalómanos obispales creó
esa " paraliteratura " sin ningún sentido de la autocrítica y redujo
la narrativa colombiana a esa boba serie de novelones de sicariato
rosa y de autoflagelación, que maneja el escándalo como única pistola.
Y algunos colombianos se creyeron el cuento, olvidando
que en el siglo XX Europa vivió dos guerras con decenas de millones
de muertos y crematorios, que hace unos años la guerra reinaba en
los Balcanes europeos y que en Africa, Asia y Medio Oriente la matanza
es tan incesante y atroz como lo ha sido en toda la historia de
la humanidad. O sea que la violencia colombiana no es mérito exclusivo
nuestro como lo quisieran nuestros vendedores de desgracias, sino
expresión de un problema de la humanidad global desde mucho antes
de los tiempos bíblicos y que hoy florece en casi 60 focos en el
orbe, algunos más tenaces y sangrientos que el colombiano.
La " maldad " colombiana es la misma " maldad "
del mundo y de la humanidad que lo puebla. Por eso es muy fácil
hacer negocio literario en España diciendo que los colombianos son
los arquetipos esenciales de la maldad mundial, como lo hacen sin
cesar nuestros exitosos --y exitosas-- vendedores de lágrimas. Así
como alguna vez Colombia vivió de los monocultivos, ahora se vive
del monocultivo literario del sicariato, el escándalo y la autoflagelación.
Por fortuna, la monotemática de los escritores
colombianos recientes comienza a hartar después de los atentados
del 11 de septiembre en Nueva York y Washington y los acontecimientos
posteriores. Son tales los niveles de violencia en todo el mundo,
que la colombiana ya no es una novedad, aburre a lectores y críticos
lúcidos, y deja de ser negocio para editores y escritores carentes
de imaginación, lo que genera esperanza de resurgencia de otras
literaturas más complejas e interesantes.
El terreno de cultivo para esta impostura reciente
de la narrativa sicario-policial colombiana fue, por un lado, el
silencio meláncólico y hasta comprensible de esas lúcidas generaciones
de autores posteriores a la revista Mito y, por otro, a la mediocridad
impresionante de cierta Academia, la crítica literaria local y el
reseñismo periodístico, que van como hambrientos gozques detrás
del comunicado de prensa, la moda o el éxito de ventas, o de lo
propuesto por dos o tres editoriales multinacionales que piden ganancia
rápida desde Madrid o Barcelona a la pobre suscursal y a sus lánguidos
empleadillos.
El caballito de batalla es muy simplista: el realismo
mágico ha muerto, sólo se puede escribir costumbrismo sobre temas
de actualidad con frases cortas de papilla insípida para idiotas
y evitar todo riesgo estilístico. Hay que escribir para ser leído
de una sentada y el espectro intelectual es el escándalo y el griterío
para asustar a beatos. Olvidan que el realismo mágico es tan viejo
como la humanidad y está en las grandes sagas y libros sagrados,
a los que se les augura un gran futuro con el renacimiento de los
fanatismos religiosos, a medida que prolifera la población y la
pobreza mundiales.
Es urgente hacer la crítica sólida de esas manipulaciones
de las editoriales comerciales, que como un efecto perverso de la
globalizacion de esa industria venden como maravilla una literatura
de gran pobreza. O sea es necesario volver a pensar en vez de encerrarse
en las manías del escándalo para asustar monjas, ya usado hace mucho
tiempo en Colombia por Vargas Vila, Fernando González y sus trasnochados
y rezagados discípulos de hoy. Esto será posible con una revisión,
fuera de las modas y de la publicidad, de lo escrito por decenas
de autores de sólida formación, en especial los de esa excelente
" Generación de la Buchholz ". Y en especial, alejarse de los entusiasmos
nacionalistas que buscan siempre al sucesor de García Márquez o
aplauden al que "triunfa en el extranjero" o al que "vende mucho"
y escupen al talento verdadero y a la inteligencia amplia de generaciones
enteras de autores colombianos.
En fin de cuentas, es pertinente reestablecer los
puentes con las generaciones de Mito y Eco, que tenían una visión
moderna, pausada, de lo que se hacía en Colombia y a su vez creaban
vasos comunicantes con la cultura mundial sin los complejos e histerias
mesiánicas latinoamericanistas que florecieron al calor de la Revolución
cubana y el auge de la ideología marxista-leninista en los ámbitos
latinoamericanos. El " boom ", que surgió y se extendió en ese contexto
de exaltación ideológica de los años 60 y 70, dinamitó los puentes
con ese pensamiento libre, abierto, democrático, moderno, que venía
gestándose alrededor de esas revistas y de otros grupos intelectuales
anteriores, estigmatizados y negados bajo la acusación simplista
de " burgueses " y " reaccionarios ".
La espléndida literatura colombiana moderna, hija
de la generación de Mito y de la librería Buchholz, con tres generaciones
en activo de poetas, ensayistas y prosistas, merece un destino mejor.
Y ese destino se conquista con el debate y el retorno al arte como
rebelión y apuesta. Se conquista saliendo del silencio y recuperando
los espacios secuestrados por el "hampa infraliteraria" y el sicariato
de folletín.
III
Vuelo en globo a través del Atlántico
1
Pero dejemos pues el literario barro propio, el equipaje local y
trasladémonos al mal denominado Viejo Mundo. Como tantos de nuestra
generación, dejábamos esa Bogotá gris y los discursos vacuos del
Frente Nacional, dejábamos la Universidad Nacional cerrada siempre,
la indignidad de un país de clientelas donde la honradez y la inteligencia
estaban prohibidas y autorizados el nepotismo oligárquico, la corrupción
de las altas esferas, la pobreza generalizada, el irrespeto del
trabajador pacífico y honrado, la desaparición del disidente, el
encumbramiento del pillo arribista y del lambón. Irse de Colombia
era vivir, respirar, abrise al mudo. Esa vez pensé: " Me voy, luego
existo ".
Una vez " afuera " el extremo-occidental explora
esa relación incesante a través del Atlántico, ese océano lleno
de fantasmas de viajeros, aventureros y piratas, ese mar cargado
de historias y sedimentos de vidas y palabras. La palabra Atlántico,
con sus vocales amplias y sus consonantes sonoras, huele a viento,
aire, libertad, viaje, circulación de ideas, hombres, mercaderías.
Es una vía de índole distinta a la vieja ruta de la seda; es una
vía líquida, inestable, extrema, peligrosa, ineluctable, traicionera,
inmensa.
Al llegar a París, el muchacho de 20 años encontró
a Europa en efervescencia, aún con las cenizas calientes del movimiento
de mayo de 1968. Muere el presidente Pompidou, animador del arte
moderno e inspirador del excéntrico Museo de Arte Moderno Beaubourg,
sube Giscard d'Estaing y bajo su gobierno renovador se aprueba el
aborto, surge con fuerza el movimiento feminista, Soljenitzin hace
descubrir el gulag soviético, estalla la revolución de los claveles
en Portugal, reinan en la capital francesa Sartre, el Situacionismo
de Guy Debord y su crítica precursora a la " Sociedad del espectáculo
", Foucault, Lacan, Barthes, Deleuze y Guattari, Reagan cae, Estados
Unidos es derrotado en Vietnam, muere Mao, los cambios en las costumbres
comienzan a solidificarse, la juventud de mayo y su ideario logra
anclar en la placa tectónica europea y occidental. Los exiliados
latinoamericanos llegan por miles desde Argentina, Chile, Brasil
y Uruguay y deambulan por los corredores de la vieja y auténtica
Universidad de Vincenes, donde se veía con frecuencia a Jacques
Lacan, y por donde pasaron Herbert Marcuse y otras leyendas del
pensamiento alternativo mundial post-marxista. América Latina estaba
de moda con su Che Guevara, el bossa nova, el boom, los exiliados,
el duelo por Salvador Allende.
Pero aunque estábamos de moda como nunca en esos
años 70, la intensa relación europeo-latinoamericana no era nueva,
pues a través del Atlántico se había caracterizado desde la Colonia
hasta nuestros tiempos por el flujo incesante de seres humanos,
mercancías, ideas y, por supuesto, estilos literarios. En los maravillosos
relatos aventureros de Colón primero y más tarde de Bernal Díaz
del Castillo, y otros muchos sobrevivientes que cuentan el viaje
a lo desconocido, se puede asistir a ese primigenio encuentro entre
mundos imaginarios que diferían tanto como la tierra de un planeta
lejano. Fundadores del realismo mágico hispanoamericano, esos viajeros
del descubrimiento y la colonización son, con Marco Polo, Magallanes
y Vespucio, los fundadores concretos de esa nueva aventura global,
al ser los primeros en darle la vuelta al círculo, hacer real la
vuelta al globo.
Desde entonces, la aventura de esa interpenetración,
de ese gran coito cultural ha vivido distintos episodios en los
ámbitos de las ciencias, la ideología, la política y la literatura.
La expedición botánica del sabio gaditano José Celestino Mutis y
las investigaciones de Humboldt abrieron al mundo el esplendor telúrico
de la tierra americana, lejos ya de las monstruosas imaginerías
que llegaban a Europa en cuentos e imágenes de desmesuradas criaturas
y riquezas sin fin. Humboldt realizará una expedición aún más extensa
por casi todo el continente y regresará a Europa con datos más exactos
y rigurosos de las riquezas de ese mundo todavía nuevo. En ese marco,
es conmovedor y emblemático el encuentro entre Humboldt, Bompland
y el joven sabio criollo colombiano Caldas y la amistad y afecto
mutuo entre ellos como muestra de un nuevo episodio en esa relación
signada por el ansia de explorar, saber y conocer.
Más tarde Darwin viajó por el cono sur en el Beagle,
y adquirió allí el mal de Chagas que lo hará sufrir toda la vida,
pero no le impedirá ampliar las bases del conocimiento de la evolución
de las especies. En Francia, en un tranquilo recodo del Jardin de
Plantes, en la rive gauche donde puede aún observarse un árbol plantado
por Bouffon, se recopilaron y almacenaron miles y miles de muestras
de la naturaleza americana para felicidad de científicos y amantes
de lo exótico y cuando el habitante ultramarino de París lo visita
y lo recorre entre sus flores, búhos, avestruces y whalabíes australianos,
no puede más que inclinarse ante ese primer gran jardín de las globalizaciones.
Cabeza de Vaca, Bernal Diaz del Castillo, Mutis,
Humboldt, Darwin, son apenas algunos de los nombres cimeros de esa
exploración europea de América, a los que debe agregarse la de los
lingüistas y etnóHomerologohomes que establecieron el mapa de las lenguas
indígenas, los códices y los usos y costumbres de las etnias milenarias
del continente, especialmente las de México y Perú.
Como contraparte de esa mirada, los nativos de
aquellas tierras sólo fueron a Europa como ejemplos de circo de
Ultramar para las cortes europeas o como representantes de la élite
criolla corrupta y arribista que abriría las puertas a la nuevas
potencias sobre las ruinas de la anacrónica España. Habría que esperar
el flujo de las ideas revolucionarias de la Ilustración hacia América
para que se gestara el gran cambio, el gran caos propiciado en parte
por la codicia de la nueva potencia anglosajona, que originaría
las patrias Bobas y el largo proceso de formación y desmoronamiento
de las instancias surgidas de ese fuego independentista, aún malogrado
e incierto.
Buena parte de la élite criolla se nutrió de las
ideas europeas, que a su vez alimentaron a quienes crearon la futura
potencia estadounidense. Clérigos y ministros de todas las nuevas
Repúblicas hicieron sus Europas y regresaron para tratar de moldear
sus países a imagen y semejanza de los avances europeos. En la segunda
mitad del siglo XIX, en años de industrialización y globalización
aceleradas, Haussmann y Eiffel inspiraron a los renovadores de las
pueblerinas capitales hispanoamericanas y la arquitectura de hierro
cundió en toda América con puentes, mercados, factorías, rieles
y estaciones de ferrocarril que horadaron la naturaleza primigenia.
2
En el campo de la literatura, esa relación ha sido
aún más estrecha. A fines de siglo, como antes el dieciochesco Jardin
de Plantes o el palacio de Versalles, el París metálico visitado
por los poetas modernistas Rubén Dario y José Asunción Silva, que
era el París de Verlaine y Mallarmé, impresionaba junto a la Gare
Saint Lazare a los viajeros que llegaban por tren desde Le Havre
tras cruzar el Atlántico.
Todos esos avances quedaban grabados en la memoria
de los latinoamericanos que habían cruzado el mar y ahora se disponian
a regresar para siempre a sus pagos, cargados de ideas y ritmos
nuevos. Porfirio Díaz, el dictador mexicano afrancesado, reposa
en un cementerio de París después de hacer de su capital una copia
de aquélla, aún visible en recodos ruinosos de la Colonia Roma y
Santa María la Ribera. Cuervo, el colombiano coautor del gran diccionario
murió en París. El sabio Ezequiel Uricochea enseñaba árabe y culturas
levantinas en Europa, Ruben Darío, el líder modernista, era el más
europeo de los europeos, él, quien se decía " muy antiguo y muy
moderno " y a la vez muy indio.
Además de Miranda y de Bolívar, la lista de personalidades
latinoamericanas devoradas por Europa sería interminable, pero habría
que destacar en especial ese maridaje literario total de los decimonónicos
latinoamericanos con las principales corrientes europeas. La novela
es romántica, realista y naturalista como la europea. La poesía
es romántica, parnasiana y simbolista como la europea. Se sigue
a Atala y René y a Pablo y Virginia al pie de la letra; el héroe
de la María de Jorge Isaacs regresa desde el Viejo Mundo a los valles
cálidos del Cauca; los soldados invasores franceses de Louis Napoleon
Bonaparte se enamoran de las Clemencias mexicanas de Ignacio Manuel
Altamirano, y Fernández, el protagonista finisecular de la novela
De sobremesa de José Asunción Silva, toma éter y absenta en París
y regresa a fracasar en la fría Bogotá de las alturas andinas.
Llegan luego los tiempos de los modernistas Enrique
Gómez Carrillo y José Maria Vargas Vila, grandes best-sellers latinoamericanos
que fueron leídos en todos los rincones del continente y cuyos libros
llenaban las alforjas de los jinetes. Escribían desde el mundo inaccesible,
desde Venecia, París y Florencia, desde la Isla de Rodas, El Cairo
o Calcutta y vendían exotismos de Viejo Mundo y Tierra Santa a poblaciones
autodidactas ávidas de saber, democracia y civilidad. Gómez Carrillo
y Vargas Vila fueron los García Márquez y los Vargas Llosa del modernismo.
Triunfaban y viajaban de capital en capital en grandes hoteles que
sólo vistaban los riches amateur que inspiraron a los millonarios
viajeros de Valéry Larbaud y Paul Morand. Superficial el primero,
pero buen cronista; insoportable y pomposo el segundo, ambos hoy
olvidados, representaron el arquetipo de latinoamericano europeizado
y globalizado de entregueras que reinó hasta el " boom ". Mientras
esos dos viajeros triunfantes miraban Venecia y París desde sus
balcones, el látigo de los numerosos tiranos latinoamericanos surgidos
de la " Independencia " caía desde el Río Grande hasta la Patagonia
sobre las espaldas de los siervos encargados de extraer las riquezas
de esa tierra que volvió a encontrar defensores en los grandes telúricos
Jose Eustasio Rivera, con La Vorágine, Rómulo Gallegos con Doña
Bárbara y Canaima y Ricardo Guiraldes y Horacio Quiroga, entre muchos
otros.
Más tarde, hacia mediados del siglo XX, esas élites
literarias europeizadas estarán compuestas por Miguel Angel Asturias,
quien fascinó antes en los años 30 con sus Leyendas de Guatemala
y por otros como César Vallejo, Alfonso Reyes, Vicente Huidobro,
César Moro, Alejo Carpentier y Jorge Luis Borges. En los años 60
tocará el turno a los reyes del " boom " Julio Cortázar, Juan Rulfo,
Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante, Carlos Fuentes y
Gabriel García Márquez, figuras emblemáticas de esa nueva América
Latina a la vez próspera y ávida de revoluciones, que duda entre
la tentación democrática y el delirio totalitario de los iluminados
marxista-leninistas. Y de lado de los escritores europeos no hispánicos
ávidos de contar este lado recordemos a Voltaire, Chateaubriand,
Tocqueville, Michaux, Artaud, Breton, Roger Caillois, Levi-Strauss,
Le Clezio, Malcolm Lowry, D. H Lawrence, Graham Greene, Witold Gombrowicz,
Cristopher Isherwood y muchos más.
Dos grandes corrientes de ese americano de Europa
se deslindan a mediados del siglo XX: a un lado, por supuesto con
matices, los exaltados del " boom " aupados en el mesianismo revolucionario
azuzado por la guerra fría y, al otro, los ancianos precursores
de la generación de humanistas polígrafos encabezada por el mexicano
Alfonso Reyes, en la que figuran Pedro Henríquez Ureña, Arturo Uslar
Pietri, Germán Arciniegas, y por suspuesto, Jorge Luis Borges.
Los primeros agenciaron cierto neotelurismo exacerbado
con sus discursos latinoamericanistas llenos de héroes, flores,
cacatúas, tucanes y cocodrilos, y los otros, ya declinantes y aparentemente
pasados de moda, ejercieron la reflexión, el ensayo, el fragmento,
en la pausada y modesta madurez del diáHomerologohome y la tolerancia civilista
y democrática, abierta a los saberes milenarios del Viejo mundo.
Pasado todo este delirio neotelúrico de la segunda
mitad del siglo XX, con sus revolucionarios barbudos y los iluminados
mesiánicos salvadores del mundo, que gritaban la hueca consigna
" patria o muerte, venceremos ", habría que volver a tender puentes
con esos pensadores polígrafos que preferían el análisis al discurso
encendido, la tolerancia al anatema, el cosmopolitismo y los vasos
comunicantes mundiales al falso nacionalismo proteccionista cargado
de banderas y consignas. O sea volver a Orígenes, Mito, Eco, Sur.
3
Y es necesario volver a ese pensamiento universal
y pausado de los polígrafos latinoamericanos de la primera mitad
del siglo XX, para tratar de calmar los nuevos incendios socio-políticos
que se gestan desde el Río Bravo hasta la Patagonia en tiempos de
acelerada globalización.
Casi dos siglos después de la Independencia, las
patrias bobas latinoamericanas son cada vez más bobas que nunca.
Abocadas al coctel de la explosión demográfica cabalgante y la picardía
ancestral de sus élites oligárquicas, el fracaso de esas naciones
es palpable y hace hoy más actual la necesidad de que se difuminen
las artificiales fronteras creadas por caciques a mediados del siglo
XIX y que han mostrado sin cesar su peligrosa caducidad. Entregada
durante largos periodos al imperio de las potencias anglosajonas,
la America Latina boba de hoy reclama la asesoría madura de una
Europa que hasta hace apenas unas cuantas décadas vivía empantanada
en el dolor de los holocaustos, las guerras civiles y las tentaciones
totalitarias. Puesto que Europa misma se ha hundido en los más atroces
procesos de autodestrucción y con dificultad trata de crear espacios
estables, ella puede convertirse hoy en la hermana mayor de este
Extremo occidente, una interlocutora y aliada frente a las nuevas
fuerzas fanáticas y tanáticas que acechan al globo.
Es indudable que el sabio Mutis y Humboldt realizaban
el mapa de las riquezas del inmenso continente americano para ususfructo
de las potencias europeas y que la Independencia fue una astuta
jugada para que aquellas riquezas cambiaran de mano. Nada importante,
nada bueno surgió de esa independencia que dejó a aquellas naciones
en manos de crueles caciques que la feriaron, la ferian y la feriarán
al mejor postor, y que incluso, en este inicio del siglo XXI, parecen
aún más pícaros y crueles que los virreyes españoles, los financieros
británicos, los corredores de bolsa de Wall Street, o los enviados
del por fortuna ya derruido Imperio soviético.
Por el flujo incesante de riquezas e ideas, por
la formación mutua, por los intereses paralelos desde la aparición
del Nuevo Mundo, América Latina es un necesario Extremo Occidente.
Occidente no sería lo que es sin el descubrimiento y la América
Latina independiente y boba no sería lo que es sin Europa y sus
errores viejos, que fueron los errores de Portugal y España y los
de Inglaterra y Francia y, por qué no decirlo también, de manera
reciente, los del zarismo reencarnado en el totalitarismo soviético.
Occidente y Extremo Occidente, a ambos lados del Atlántico, tienen
tareas comunes que reposan sobre ese comercio incesante de ideas,
amor, letras y mercancías que los une y los separa desde hace cinco
siglos y los unirá en las empresas comunes de los siglos por venir
alrededor del globo. Así como, a nivel vertical, los extremos anglosajón
y latino de América toda están condenados a dialogar, a entenderse,
a interpenetrarse, a coitar, a mezclarse y a fortalecerse en su
mezcla.
Y la literatura, incesante viaje imaginario, es
la voz libre de esa permamente, fascinante y cruel globalización
ineluctable de la humanidad, siempre condenada al éxodo y a la errancia.
IV
Escribir por el mundo: éxodo y literaturas apátridas
1
Con frecuencia se ha citado la frase de Borges
de que " ser colombiano es un acto de fe ", a lo que podríamos agregar
" somos colombianos porque nuestro pasaporte nos lo ha revelado
" .
Ahora que millones de colombianos hemos emprendido
el éxodo, en un largo proceso de desplazamiento iniciado a mediados
del siglo pasado y que se aceleró en la última década, es pertinente
explorar de manera tentativa las modalidades en que la colombianitud
se diluye en la diáspora o se exacerba en las islas del destierro.
Por un lado se difumina en la vivencia de otras culturas cercanas
o lejanas, en la penetración de los misterios del imaginario de
otros países milenarios, en la visualización incesante de otros
íconos, ya sean ellos de piedra o huidizos como las imágenes televisivas
de otros ceremoniales exóticos. Y a la vez se exacerba cuando la
infancia, la adolescencia y la juventud se van fosilizando y adquieren
los contornos y las esencias de una nueva mitología particular,
familiar o doméstica, o como quiera llamársele.
La tensión tectónica de esos dos procesos lleva
a la conformación en nosotros de ese extraño Frankenstein construido
con pedazos de otros códigos y ceremoniales, dentro del cual pugna
el Minotauro del imposible retorno. Porque al mismo tiempo que esa
" colombianidad " agoniza en la integración del individuo a otros
continentes exóticos o se agudiza en el dolor de la ausencia, el
país real, ya no el portátil, la Colombia real va trasmutándose,
se va volviendo tan extranjera o más que las playas, urbes, praderas
y pieles de los países o continentes del éxodo.
¿Dónde queda, pues, ahora, el extranjero? ¿En la
patria abandonada o en las patrias adquiridas a fuerza del éxodo?
¿Quién es más extranjero: el nativo que retorna a deambular por
sus parajes nativos o el forastero que agota el asfalto de nuevas
y luminosas metrópolis del Viejo y Nuevo Mundo? Este extranjero
profesional y eterno que se instala en la movilidad no es más que
la versión moderna del maravilloso judío errante del que nos hablaban
la abuela o la madre mientras tejían en los corredores, bajo los
aleros de las casonas de los Andes, como la extraña y misteriosa
figura que flotaba en la inminencia de su aparición y partida. El
judío errante lleva sus pequeños bártulos colgando en una bolsa
raída, tiene una mirada agitada y extraviada, trae los cabellos
hirsutos, la barba siempre a medioterminar y las manos rugosas como
sus pies heridos y fatigados de tanto caminar por las trochas y
caminos de herradura. El judío errante tiene como patria única su
errancia. Y a diferencia de los que siempre se quedan en las pequeñas
veredas esperando la muerte sin salir jamas de allí, el judío errante
lleva como fardo una multitud de imágenes y voces, olores, texturas,
sabores, pieles, un fardo que se hace cada vez más pesado, bullicioso,
caótico, como si fuera un enorme y sacro monolito donde están inscritos
todas las leyes o anatemas, los oráculos encontrados, las premoniciones,
las catástrofes.
Toda gran literatura es de éxodo, de errancia,
materia de juglares que en sus andanzas acumulan experiencias e
historias y tienen como función darlas a conocer a los otros para
hacerles amena la vida por un instante al calor del fuego. Así surgieron
los grandes libros sagrados de la India, el Oriente medio y América,
como obras de quienes le dieron la vuelta al mundo y contaron lo
visto para que a su vez fuera relatado por otros, enriqueciéndose
con las falsificaciones o el perfeccionamiento de las estructuras
narrativas. Las epopeyas, las biblias, las mejores piezas de teatro,
las fábulas, profecías y obras poéticas se forjaron en ese encuentro
incesante de los saltimbanquis, los encantadores de serpientes y
los cómicos con el alborotado público de las barriadas famélicas.
El mono volante y heroico del Ramayana, Hanumán, que pervive hoy
en cada mono libre de Calcutta o Benarés; la figura emblemática
de Sherezade; el profeta viajero que escribe epístolas y va de ciudad
en ciudad y de pueblo en pueblo llevando la palabra divina; la historia
del vellocino de oro; la loba que amamanta a Rómulo y Remo; todos
ellos surgieron de ese patio de los milagros o esa plaza a donde
llegaban los artistas viajeros con sus tambores, chirimías y panderetas.
Allí también se forjó la búsqueda de eternidad.
Porque el hombre milenario no se contentaba con el relato de sus
aventuras picarescas, sino que establecía los puentes venideros
con el más allá: así las reencarnaciones de los Indios, el más allá
momificado de los egipcios y el cielo o el infierno de los cristianos
tan bien descritos con lujo de detalles en La divina comedia de
Dante y el paraíso Perdido de Milton. En este caso la errancia no
es de este mundo sino del otro, con interminables círculos y abismos
por donde caen raudos los ángeles condenados. En su maravillosa
abstracción estos mundos perfeccionan y hacen aún más complejos
los caminos y los laberintos del mundo conocido. El más allá tiene
palacios y paisajes aún más sorprendentes, flota sobre nubes o espacios
cósmicos y en su seno las atrocidades humanas se perfeccionan, como
las torturas y suplicios contados por Dante Aligheri.
2
Pero bajemos ahora de los ámbitos míticos y celestiales
a la no menos apasionante realidad terráquea. Hemos llegado a esos
paraísos perdidos precisamente porque la errancia y el éxodo incesantes
e ineluctables de la población humana a lo largo de la historia
son inseparables del cuento, el relato, el libro sagrado. Esos flujos
humanos desde el Medio al Extremo Oriente por las rutas de seda,
las expediciones de Alejandro Magno, Marco Polo o Magallanes por
el mundo, el auge y la caída de los imperios y las religiones, el
comercio de puerto en puerto mediterráneo de fenicios, griegos,
romanos y árabes, entre muchos otros pueblos, todas esas actividades
fueron el crisol de la literatura. La Odisea, la Eneida, el Asno
de Oro, el Quijote de la Mancha dan prueba de ello. Son precisamente
libros de viaje.
Si los libros sagrados, como dijimos antes, son
fruto del éxodo colectivo de los pueblos, la literatura individual
de viaje, subjetiva, a veces en primera persona, surge de ese impulso
aventurero del sujeto. Todos sabemos de memoria la parábola de Ulises,
que es el arquetipo máximo: el hombre que se va de casa y se pierde
por el mar hasta las fronteras del mundo conocido, el hombre que
ama y es seducido, pero retorna y encuentra a la mujer que teje
y desteje. Todos guardamos en la memoria colectiva las aventuras
de Eneas, quien se va en la nave, ama y abandona a Dido en un país
lejano y finalmente ancla para siempre y funda la Ciudad que sería
capital de un nuevo imperio. Todos nos sorprendemos por la existencia
en esas zonas de la antiguedad de la Biblioteca de Alejandría, el
coloso de Rodas, los jardines de Nínive y no cesamos de leer las
historias de Simbad el marino, el ladrón de Bagdad, la Lámpara de
Aladino y Alí Babá y los cuarenta ladrones, que serán para siempre
relatos inolvidables, luego de los cuales toda ficción posterior
nos parece menor. Ya no estamos aquí presenciando el éxodo de pueblos
enteros dirigidos por profetas y dioses sino las aventuras de hombres
de carne y hueso desamparados y ambiciosos, aplicados a sus tareas
de comercio y colonización, de búsqueda de nuevos espacios en la
tierra para fundar nuevas familias en mundos desconocidos.
La expedición de Magallanes, primera alrededor
del globo, nos lega el Viaje alrededor del mundo de Pigaffeta, fraile
que fue uno de los pocos sobrevivientes de la aventura. Las expediciones
portuguesas nos dejan tambien las inolvidables Historias trágico
marítimas. Y en lo que respecta a la parte española, sus ajetreos
colonizadoress nos legan entre otras muchas maravillas, textos tan
fascinantes como Naufragios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca ---nuestra
primera Odisea-- y las múltiples memorias de indias que relatan
el asombro del forastero. En la obra de Cabeza de Vaca asistimos
a una de las más increíbles inmersiones de un extraño en un nuevo
mundo, al interior del cual debe sobrevivir como rehén, diluyéndose
poco a poco en las costumbres y rituales de los semínolas y otras
tribus nómadas de lo que hoy es el sur de Estados Unidos. Como él
otros miembros de las expediciones terminaron por quedarse entre
los aborígenes, creando descendencia e incluso aprendiendo las lenguas
nativas y vistiendo como ellos, convirtiéndose a veces en extraños
curanderos o chamanes venidos del otro mundo. Estos casos son en
nuestro ámbito hispanoamericano los más palpables de esa difuminación
del individuo en la aventura, la errancia y el éxodo y se añaden
al de esos indígenas que fueron llevados a Europa a visitar las
cortes y las plazas del espectáculo cómico, ya fuera vestidos como
indios o disfrazados con los elegantes atuendos de aquellos lejanos
siglos XVII y XVII. Es esa mirada de estupor del conquistador y
el conquistado, el uno en tierras de indias y el otro en las cortes
europeas, la que nutre toda literatura apátrida, de éxodo, de erancia
o huida. Finalmente el que llega es devorado, así como el que se
va se pierde en ese estupor que termina siendo costumbre.
Puede decirse, pues, que en el estupor o la fascinación
frente a lo extraño radica la fuerza de la escritura apátrida. A
veces el viajero observa a lo lejos las ciudades iluminadas o la
ciudad de los palacios, otras veces a falta de ciudad hay que fundarla
y construir un mundo sobre esos primeros cimientos precarios. El
estupor vendrá del propio asombro ante el fruto del esfuerzo y la
desmesura del objetivo alcanzado, como ocurre con la torre de Babel
o las ciudades soñadas por los utópicos. El fundador se crea así
su propia patria lejos del origen, una patria concreta o una patria
ilusoria y delirante cercana a la locura. Es la patria múltiple
de los españoles en tierras de América, donde en cada ciudad o pueblo
se reproducía la plaza y los edificios del terruño ibérico abandonado.
La patria-sucedáneo para quien ya no podrá regresar. La patria opiácea
del desterrado.
3
Uno de los escritores del mundo moderno que mejor
ejemplifica esa literatura errante es Joseph Conrad, por dos razones:
no sólo porque abandona su tierra original para adoptar los mares
y después radicarse en la capital del Imperio británico globalizador,
sino porque también deja su lengua para adoptar otra, el inglés,
tal como lo hiciera después el genial Vladimir Nabokov o, en nuestro
ámbito latinoamericano, Héctor Biancciotti, quien cansado de ser
ignorado por su pares de América, decidió adoptar el francés y lograr
así llegar a la proeza de ingresar a la Academia Francesa.
Conrad recorre el mundo como capitán de navio,
en un mundo que ya nada tiene que ver con los mares de Ulises o
de Eneas, de Colón o Magallanes ni con las rutas de seda o los caravansarys
del desierto. Estamos ya en el mundo agitado de la industrialización
y del libre cambio mundial de mercancias, en la era de las factorías,
los trenes y los gigantescos barcos de carga. Su obra vasta es una
mirada lúcida de los países y culturas lejanas, en las que se incluye
los parajes costeros del caribe colombiano que, al parecer, inspira
Nostromo. Victoria, Lord Jim, El corazón de las tinieblas, La locura
de Almayer, Bajo la mirada de Occidente son novelas extraordinarias
de un conocedor profundo del hombre, analizado y descrito por encima
de las fronteras, sin pasaportes, banderas o cruzadas nacionalistas.
Cada uno de esos capitanes o marineros perdidos que aparecen en
su tensas y telúricas narraciones habla desde la angustia de no
tener por más patria el barco sacudido por los tifones y acechado
por bandidos o fuerzas enemigas. Mueren y son lanzados para simpre
a las olas de los océanos o son enterrados en parajes que ninguno
de los suyos conocerá. Conrad se aplicó a contar todas esas historias
en una aventura creativa sin par que representa uno de los máximos
logros de esa actitud de franca extranjería alrededor del globo.
Nos dice Paul Morand que el " verdadero estatuto
que nos hace vivir es el de extranjero ". En efecto, llega un momento
en que el individuo viajero, el trotamundos, adquiere la certeza
de que sólo desde el ángulo escalofriante puede sentirse libre en
el camino hacia el ineluctable fin. No tiene que representar obligatoriamente
a una patria ni debe sentirse culpable porque no se entusiasma únicamente
por las músicas, comidas, ropas de su terruno, sino por todas las
que alguna vez encontró y con las que compartió a lo largo de su
periplo. Toda persona atada patológicamente a su patria o bandera
es un lisiado de la sensibilidad, un parapléjico de la percepción
y esto es aún más grave cuando se trata de un escritor. El que escribe
tiene con mucha mayor razón que estar abierto a esas extrañezas
y por ende estar capacitado para contarlas y sentirlas desde el
ángulo oblicuo de su extranjería.
Algunos pueblos han sido a lo largo de sus historias
literarias mucho más aptos a esa mirada. Es el caso de la literatura
francesa, rica como la inglesa o la hispanoaamericana en ese sentido.
Desde el libro de Viajes de Bouganville y los comentarios al respecto
de Diderot, cada década, cada año, ofreció algún libro inolvidable:
Cándido de Voltaire, las Memorias de Ultratumba de Chateaubriand,
el Conocimiento de Oriente de Claudel, las obras viajeras de Michaux
en Oriente y América, son algunos ejemplos. André Malraux signó
toda su obra con la fuerza del viaje, Camus inmortalizó la figura
adorable del extranjero y así sucesivamente sería interminable hacer
el catáHomerologohome de esa actitud de la literatura francesa deseosa de
canibalizar el mundo exterior, ávida de exotismos.
Tres figuras ciñen con su corona hedonista esa
aventura literaria y artística de los franceses. Me refiero a Arthur
Rimbaud, a Paul Gauguin y a Saint John Perse. La parábola de Rimbaud
en Abisinia es conmovedora porque surge del deseo total de abandonar
su país y su propia obra literaria, que se queda atrás como el fruto
de las fatigas de un extraño, como si el adolescente genial que
fue se hubiese fosilizado. El viaje de Rimbaud tiene todos los elementos
necesarios a la imaginería del forastero: comercio, armas, tráfico,
ilegalidad, violencia, desiertos, camellos, parihuelas, fiebre,
enfermedad y muerte. En el caso de Gauguin en Polinesia los elementos
son aún más vistosos, pues se trata aquí del nieto de Flora Tristán,
la aventurera, la feminista combativa de origen peruano. Gauguin
va a Polinesia y allí, fascinado por los cuerpos totalmente disponibles
de las tahitianas, decide quedarse para siempre habitando una casa
de sexo llamada la Maison du Jouir (Casa del goce). Allí deja para
siempre su condición y muere tras elaborar una vasta obra pictórica
y escultórica en maderas exóticas que es un homenaje a quien decide
ser extranjero con total y deliciosa alevosía. Sus cuadernos de
Noa-Noa, plenos de palabras e ilustraciones prefigura las artes
del multimedia contemporáneo. Saint John Perse es el otro espécimen
de esa vocación francesa, y su obra, traducida por Jorge Zalamea,
está llena de esas brisas y esos vientos tan caros al errabundo.
Pero es tal vez Chateaubriand quien se coloca en
el pedestal francés de una literatura de errancia. En sus ya mencionadas
Memorias de Ultratumba, elaboradas a lo largo de la vida, de manera
minuciosa, a través de innumerables palimpsestos a los que aplicó
la más refinada tortura de la corrección, relata su existencia con
esa prosa moderna que dos siglos después es absolutamente eficaz
y cristalina. Su éxodo es múltiple: él alcanza a presenciar el fin
del antiguo régimen y a partir del retrato de sus tías abuelas dieciochescas
hace un recorrido vital, político y amoroso tan nutrido como los
de Magallanes y Bougainville. Su prosa es una buma áurea, flexible,
que ingresa a todos los rincones posibles de su tiempo y retrata
los avatares de una época donde como pocas veces se concentraron
cambios trascendentales, básicos para el ingreso de la actual modernidad.
El pequeño noble ve la ruina de la aristocracia, asiste a la Revolución
y la caída de su par Napoleón, colabora con las restauraciones y
alcanza a vislumbrar la República y la Democracia modernas. Pero
además es testigo del nacimiento de Estados Unidos, actúa en las
diversas transformaciones del mapa europeo, va en peregrinación,
como Byron, a Grecia y Oriente Medio y se detiene con aplicación
en los amaneceres, las modalidades del crepúsculo, la lozanía sinigual
de las hermosas vistas encontradas en su camino y el sonido de los
riachuelos y el ajetreo de los panales bucólicos. Su éxodo es de
clase, de régimen, de edad, de tiempo y al final ejerce de escalofriante
y acertado profeta cuasibíblico. Sólo un observador apasionado e
inteligente como él puede construir poco a poco y terminar esa pirámide
de palabras, ideas y emociones cuando, de ochenta años, alcanza
a mirar desde la atalaya terminal dos de los siglos más agitados
de la historia. Como Conrad en los océanos, cruza y sobrevive a
los más tenebrosos tifones.
4
Hemos hablado de algunas literaturas apátridas.
Cada lector apasionado podrá elaborar su catáHomerologohome y siempre se caracterizará
por las ausencias y los olvidos. Hemos estado en las esferas celestes,
hemos acompañado a los pueblos en éxodo, subimos a las Naos de Ulises,
Eneas y Magallanes, nos perdimos con Rimbaud y Gauguin, subimos
al escenario privilegiado de la historia contemporánea con Chateaubriand.
Sin embargo, valdría la pena destacar las aventuras
del " riche amateur " A. O. Barnabooth, donde el poeta Valery Larbaud
nos introduce a un estado de ánimo impar que sólo es posible lograr
a través de las convocatorias de la poesía. Lo catáHomerologohomes, los versos
invocatorios del viajero sacudido por la vibración de los rieles
del ferrocarril y los humos de la locomotora, el escepticismo de
la mirada a través de las escotillas del Express, nos colocan en
la posición adecuada: el tiempo indefinido de viaje, el bullicio
de la estación de trenes, las maletas, las gabardinas, el sombrero
Stetson de los viajeros que van y vienen cargados cada uno con su
peculiar odisea. Porque al fin de cuentas cada vida, incluso si
ha transcurrido en un mismo lugar, es una odisea a la que no cabe
de ninguna manera el calificativo de mediocre. En cada ser estático
hay un Ulises. En todos los que esperan el tren próximo se agita
un Conrad o un Rimbaud. Ese estado transitorio, indefinible, es
el objeto de la poesía, el lenguaje verdadero del éxodo y el exilio.
La poesía es el más genuino leguaje apátrida, la voz de los forasteros
en torno al globo. Todo poeta es un forastero, el incómodo judío
errante que todos ven pasar desde los visillos de las ventanas en
un pueblo perdido sin nombre.
París, Place d 'Italie, 2004
-----
(1) Rouquié, Alain. Amérique Latine. Introduction a l'Extrême Occident.
Seuil. Paris. 1987. 438 pp.
(2) Sobre los crueles métodos de exterminio de la " chulavita "
o policía política del régimen conservador durante los años de La
Violencia, ver los libros Matar, rematar y contramatar. Las masacres
de la Violencia en el Tolima 1948-1964 de María Victoria Uribe.
(Controversia. 159-160. Cinep. Bogotá. 1990. 210 pp.) y La violencia
en Colombia de Germán Guzmán, Orlando Fals Borda y E. Umaña Luna
(2 tomos. Carlos Valencia editores. Bogotá. 1980).
(3) El crítico literario inglés James Wood (Guardian y London Review
of Books) habla de " realismo histérico " para combatir la novelística
en boga en el mundo anglosajón y que se acomoda perfectamente a
los imitadores de la lejana Colombia.
------------------
L'immigration des Colombiens en France*
Anne Gincel, IEDES - Paris 1
" En effet, alors que les Etats-Unis tentent de diminuer le nombre
de candidats à l'entrée sur le territoire en renforçant les contrôles
aux frontières, jusqu'au 1er janvier 2002 de nombreux ressortissants
latinos-américains pouvaient entrer dans l'Union européenne par
certains pays n'ayant pas imposé de réquisit trop stricts et contraignant
à l'obtention de visa de touriste. Ce visa en poche, on peut circuler
au sein de l'union jusqu'à l'espace national où l'on désire se rendre
et s'installer. De plus, comme le rappelle l'article précité : "
selon certaines estimations, une entrée clandestine sur le Vieux
Continent coûte environ 2 fois moins cher qu'un passage aux Etats-Unis
"
L'immigration des Colombiens n'est pas en soi quelque chose de complètement
nouveau. La Colombie est le principal pays d'émigration latino-américain,
et cette émigration remonte au début du 20è siècle avec par exemple
les migrations vers le Panama au moment de la construction du canal
au début des années 1920 (avant aussi, mais à ce moment ce n'était
pas des migrations internationales puisque le Panama appartenait
à la Colombie). Avec le boom économique du Venezuela et de l'Equateur,
les années 70 voient le nombre des immigrants colombiens dans ces
pays s'accroître considérablement, alors que depuis les années 50
ce chiffre est en constante augmentation aux Etats-Unis. Si l'immigration
en France n'est pas non plus quelque chose de neuf - vous tous ici
présents connaissez des Colombiens ayant immigrés depuis bien longtemps
- son caractère relativement massif depuis la crise que connaît
l'économie nationale colombienne depuis 1998, en fait un phénomène
nouveau qui rentre dans ce que les spécialistes des migrations appellent
les nouveaux mouvements migratoires internationaux.
Afin de situer ce groupe, d'abord quelques chiffres : Si
au recensement de la population en France en 1982 on comptait 1852
individus colombiens, en 1990 on en recensait 3761 et au recensement
de 1999 10.983, ce qui en fait le deuxième groupe après les 15.000
Brésiliens (sans vous accabler sur les chiffres, ce même recensement
dénombre 9638 Chiliens et 7398 Argentins). On sait bien évidemment
les limites de ces recensements, ce qui est encore plus important
pour la population que j'étudie où un nombre extrêmement important
est en fait sans-papiers (indocumentados). La plupart de ces sans-papiers
ont profité jusqu'en 2002 de l'absence de visa pour rentrer en Espagne
et en Allemagne, pour accéder à l'espace de l'Union européenne.
La Colombie a ainsi reconnu dernièrement que sur une population
de 44 millions d'habitant, il y en avait plus de 5 millions résidant
à l'étranger. D'autre part, les envois d'argent depuis l'étranger
représentaient la deuxième entrée de devises dans le PIB, avant
le café et à peine après le pétrole. Il semblerait que cette année
cela dépasse même le pétrole. Une étude diligentée par l'ambassade
colombienne en Espagne en 2002 a ainsi dénombré 400.000 Colombiens
en Espagne, dont 68% d'illégaux. Ce type d'étude n'est absolument
pas d'actualité en France, où le phénomène n'a bien entendu pas
la même importance. On ne sait bien évidemment pas combien il y
a de Colombiens ici. Cependant (et c'est toute la difficulté de
produire des projections quand une population ne se prête pas au
dénombrement de par sa situation administrative), on m'a parlé d'une
projection à partir du nombre de demandes de régularisations sur
les bureaux des services préfectoraux qu'il faudrait ensuite multiplier
par 20 : comme il y avait à ce moment (c'était il y a un an) 5000
demandes, la personne tablait sur…. 100.000 Colombiens en France.
Bien entendu, ce chiffre est exagéré, mais je pense qu'on peut facilement
s'arrêter sur celui d'au moins 50.000 individus, dont 70 à 80% ne
sont pas en situation régulière.
En effet,
si le dernier recensement s'arrête à 1999, la situation économique
s'est fortement détériorée depuis 4 ou 5 ans en Colombie, et beaucoup
ont profité de la possibilité offerte jusqu'il y a eu peu de passer
sans trop de difficulté en Europe (Les Etats-Unis, plus " courus
" jusque là, devenant extrêmement difficiles d'accès, et le Venezuela,
deuxième sinon premier espace d'immigration pendant longtemps, connaît
lui-même actuellement des phénomènes d'émigration de sa population).
Pendant longtemps, un des principaux pays d'immigration pour les
Colombiens qui se rendaient en Europe, à part l'Espagne, était l'Angleterre,
où il y a une forte communauté colombienne. Mais non seulement le
passage est devenu, là aussi difficile, mais en plus il y a de plus
en plus de réseaux en France, que ce soit parce que des personnes
n'ont pu rentrer en Angleterre et sont donc restées en France, ou
par choix justement de la France comme espace d'immigration. Or
l'existence de réseaux est un élément très important dans le choix
de l'espace de destination.
Qui sont-ils
? Tout d'abord, je tiens à préciser que je me suis intéressée
principalement à une population venue travailler en France, j'ai
donc exclu, à priori, les étudiants ainsi que les artistes - venus
pour d'autres raisons, et ayant un mode de vie et des centres d'intérêt
particulier. Je n'ai pas non plus travaillé spécifiquement sur les
" politiques ", mais de toute façon les catégorisations qui étaient
et qui sont d'ailleurs encore employées ne peuvent rendre compte
de situations dans lesquelles on trouve de plus en plus un enchevêtrement
de causes et de conséquences : ainsi on trouve régulièrement des
individus fuyant tout autant une certaine violence quotidienne que
politique, mais qui recherche en même temps par cette immigration
un accès à certaines ressources, qu'elles soient économiques, politiques
ou culturelles, parfois même toutes à la fois.
Une des principales
caractéristiques de cette population, c'est que 70 à 80% des individus
viennent d'un petit village de 5000 habitants s'appelant Santuario-Risaralda
et d'une petite ville de 100.000 habitants du nom de Cartago. Les
2 sont situés dans la zone caféière, zone marquée par des situations
de violence importante depuis longtemps. En effet, cette zone est
le lieu d'affrontements entre guérilla et paramilitaires, mais aussi
de tous les conflits liés à la culture d'une des principales ressources
d'exportation de la Colombie, à savoir le café. Ainsi beaucoup de
Colombiens vivant en France en viennent à entendre parler de ce
village de Santuario pour la première fois ici même. Cartago a connu
une première vague importante il y a 20-25 ans, puis cette première
vague a ensuite fait venir amis et famille. Une agence de voyage
s'était même spécialisée dans ce voyage vers Paris dans les années
80 ; on a ainsi compté jusqu'à une cinquantaine de cartagueños (habitants
de cartago) sur un même vol. Bien entendu, ces arrivées en nombre
étaient en général ponctuées par de grandes fêtes de départ, puis
à Paris des grandes fêtes de bienvenue. La venue des Santuareños
(habitants de Santuario) s'est réalisée de façon plus tardive semble-t-il,
mais sur le même schéma, les premiers arrivés faisant venir famille
et amis. Parmi les plaisanteries répandues à Paris concernant les
santuareños, on peut entendre par exemple que à Santuario on ne
paye pas en pesos colombiens mais en euros. Ou bien encore que sur
place il ne reste que le maire et le curé (ce qui n'est bien évidemment
pas le cas, j'ai été vérifier l'été dernier !!…)
Bien qu'il
n'y ait pas de véritable étude statistique de cette population,
les recensement montrent cependant qu'il s'agit d'une immigration
légèrement plus féminine (en 1999, 6139 femmes pour 4844 hommes,
soit 60%/40%), ce que l'on retrouve dans tous les espaces nationaux
d'immigration. Et ce sont en général des personnes âgées de 18 à
40 ans, bien que de plus en plus font venir le reste de leur famille
- soit leurs parents ainsi que leurs enfants. Les raisons de l'immigration
Celles-ci sont multiples, et varient dans le temps. Certains individus
peuvent par exemple chercher à fuir un environnement social qu'ils
jugent trop contraignant. Ce sont en général des individus plutôt
jeunes, qui effectuent ainsi une espèce de rite de passage à l'âge
adulte. Ces personnes pensent venir pour quelque temps connaître
l'Europe, puis éventuellement rentrer ensuite en Colombie avec leur
nouveau statut d'adulte ayant voyagé en Europe. Beaucoup cherchent
aussi l'accès à certaines ressources plus difficiles et plus longues
à obtenir en Colombie. Il s'agit parfois de réunir de quoi rembourser
une dette, de quoi réunir un capital pour un projet économique précis,
de quoi finir de payer une maison, etc…. En tout état de cause,
ce ne sont jamais les plus démunis qui émigrent, car la migration
nécessite un minimum de capital, aussi bien économique que social
(connaître qui le recevra en arrivant, ou qui lui prêtera l'argent
nécessaire au voyage, etc.) Il y a bien évidemment les gens qui
fuient aussi la violence, aussi bien la violence politique que la
violence quotidienne. Mais dans la grande majorité des cas, la migration
est appréhendée comme une situation provisoire, pour une temporalité
plus ou moins longue selon les cas et les individus. Avec le temps,
cette appréhension de la temporalité fera évoluer le projet initial
qui sera régulièrement réactualisé.
L'installation
en France Comme je le disais précédemment, l'existence de réseaux
est primordiale, et c'est ce qui explique la présence de ces 2 grands
groupes que sont les Santuareños et les Cartagueños : on vient où
on arrive en France parce que l'on y connaît une personne de sa
famille ou un ami qui y habite et qui pourra collaborer, au moins
à l'arrivée, pour le logement et pour le travail. On a ainsi des
familles entières vivant à Paris, les premiers venus (qui sont arrivés
chez des amis) faisant venir le reste de la famille. Ce sont d'abord
bien entendu l'époux ou l'épouse, éventuellement accompagné des
enfants à qui on envoie le billet d'avion, puis les frères et sœur,
des cousins, mais aussi les parents. Il existe ainsi de véritables
filières de prêt d'argent avec intérêt ici en France, relayées en
Colombie, filières évoluant au gré des circonstances. Ou encore
on forme des chaînes : je fais venir une belle sœur qui elle-même
enverra de quoi faire venir son époux, qui enverra pour un autre
frère, etc..
Il faut signaler
dès maintenant que plus le nombre d'individus de la famille sera
important en France, moins la question du retour se posera de manière
forte. Quand on arrive, ce sont donc chez ces amis ou la famille
chez qui on habite. La cohabitation peut être plus ou moins longue,
selon la relation que l'on a avec l'hôte, selon l'espace dont il
dispose mais surtout selon les possibilités du " marché " de l'immobilier.
De même, c'est cette même personne qui servira de ressource dans
la recherche d'un travail, ou du moins pour trouver des contacts
qui permettront de mettre en relation avec un employeur éventuel.
Les emplois concernés sont en majeure partie les emplois domestiques
pour les femmes, et la peinture en bâtiment pour les hommes, ou
encore le nettoyage industriel, pour les uns comme pour les autres.
Ce sont traditionnellement les activités qui ne rechignent pas à
utiliser du travail au noir, ce à quoi sont contraintes les personnes
qui sont en situation irrégulière sur le territoire français. Mais
aussi activités traditionnellement délaissées autant par les autochtones
que par les groupes arrivés depuis plus longtemps.
On parle en
effet d'un second marché du travail, dans lequel se retrouvent le
plus souvent les groupes minoritaires nouvellement arrivés, et qui
ne concurrence en rien le marché du travail des nationaux ou des
groupes plus anciens sur le territoire. Il est cependant intéressant
de noter que le fait de régulariser sa situation administrative
n'est pas nécessairement synonyme de recherche d'un autre type d'emploi,
ces secteurs permettant de bons salaires. Mais ce qui jouera principalement
sur la tentative de pénétrer l'autre marché du travail, socialement
plus valorisé, c'est la redéfinition du projet migratoire. Autant
les femmes travaillent en dehors du groupe national, les hommes
travaillent au contraire beaucoup avec leurs compatriotes, des individus
arrivés depuis plus longtemps et ayant réussi à régulariser leur
situation, se trouvant à la tête de petites entreprises de bâtiment.
Mais cet entreprenariat ethnique, loin d'être le lieu de rapport
de confiance, se trouve au contraire souvent un lieu d'exploitation
et d'abus, au moyen de salaires très tardivement et même régulièrement
jamais payés. Il n'existe ainsi presque pas un travailleur colombien
n'ayant pas été un jour ou l'autre confronté à un patron qui ne
l'a jamais payé, ces patrons étant souvent des compatriotes, mais
non exclusivement. Et bien que beaucoup de bruits courent sur le
fait qu'ils doivent alors se rendre au pays en se cachant pour ne
pas avoir de problème sur place, ils continuent à se mouvoir tant
dans l'espace colombien que français sans être particulièrement
inquiétés, puisque de toute façon ce sont eux qui sont les principaux
pourvoyeurs d'emploi.
La sociabilité
Il faut d'abord signaler des relations assez peu institutionnalisées
entre la plus grande partie de Colombiens vivant en France. Il existe
ainsi très peu d'associations, et encore moins qui fonctionnent
de façon régulière. La sociabilité se réalise beaucoup plus de façon
informelle, au travers de soirées salsa publiques ou de réunions
privées, de rencontres sportives (tournoi de foot jusqu'au 20 juillet),
par l'intermédiaires des tiendas ou des restaurants et cantines
colombiennes, où l'on se retrouve le week-end ou à l'occasion d'évènements
relatifs à la Colombie ou plutôt à la " grandeur " colombienne :
matchs de foot, courses de Montoya, etc… Cette sociabilité sera
plus ou moins tournée vers la ou les " colonies " colombienne selon
le mode d'introduction dans la société français, mais aussi selon
les habitudes antérieures de socialisation, et surtout selon le
projet migratoire.
En effet,
les projets relatifs à l'émigration, donc au départ de Colombie,
sont divers : on trouve dans cette immigration des projets qui étaient
de type migration de déplacement, où le but est de vendre temporairement
sa force de travail dans un espace différent de sa société d'origine,
afin d'acquérir une masse monétaire, pour rembourser une dette,
ou pour la réinvestir dans l'espace d'origine. On vient ainsi avec
l'idée de travailler dur pendant 2 ou 3 ans, afin d'accumuler de
quoi s'acheter une maison et investir dans sa propre affaire dès
le retour en Colombie. On trouve aussi des projets de mobilité sociale
différée, où le but est cette fois d'accéder à un nouveau statut
social dans la société d'origine grâce à l'accumulation monétaire,
et qui passe par une expatriation provisoire. Enfin un troisième
type de projet vient de la volonté de quitter le travail et l'espace
d'origine, de s'établir définitivement et non de rester dans une
occupation provisoire. Pour les deux premiers types de projet, il
s'agit juste pour les individus d'un déplacement provisoire hors
de son espace d'origine. Les difficultés liées à la langue, aux
différences de codes, mais aussi aux assignations identitaires de
domination, formulées par la société d'accueil (difficultés de compréhension
affichées à l'écoute d'un accent qui renvoie l'individu à " tu es
un étranger ") ne poussent alors pas les individus à rentrer en
contact plus que le nécessaire avec les membres d'une société où
l'on ne pense de toute façon pas s'établir. Et même quand le temps
de présence en France se rallonge, il ne signifie pas obligatoirement
abandon total du projet initial. De nombreux individus préfèrent
alors centrer leur sociabilité sur leur groupe colombien. De plus,
la douleur de " l'exil ", la séparation d'avec ses proches et d'avec
le monde où l'on a grandit, entraîne les individus à resserrer les
relations avec son groupe national d'origine, d'autant plus que
ce groupe est issu d'un espace géographique très localisé. Si par
contre le but est de se libérer, au moins en partie, du contrôle
social de sa société d'origine, il y aura beaucoup plus d'ouverture
vers le groupe majoritaire des Français ou des autres groupes ethniques
en France depuis plus longtemps. Si la période d'arrivée sur le
sol français joue elle aussi beaucoup (il y a 20 ans il y avait
beaucoup moins de Colombiens en France, et donc plus d'occasions
de rencontrer des non colombiens), ce n'est pas non plus une condition
sine qua none. Enfin selon le type de relations sociales dans lesquelles
on a été socialisé (différence de sociabilité entre les villes et
les villages par exemple, où le contrôle social et la vie communautaire
sont plus ou moins forts), on aura tendance à reproduire ce mode
sur le sol français. Les Cartagueños et les Santarueños étant numériquement
important sur le sol français, on assiste à la formation de groupes
plus serrés venant de ces régions.
Cette courte
temporalité du projet est aussi une des raisons de l'intérêt relatif
affiché pour le document officialisant la présence en France - la
carte de résident (contrairement à d'autres groupes d'immigrants,
il n'y a aucune gène à annoncer sa situation d'illégalité, et ce
à n'importe quel étranger -ou presque). Mais le séjour se prolongeant,
la mise en place de stratégies d'obtention de ces papiers va prendre
de l'ampleur, puisqu'ils deviennent le sésame pour pouvoir aller
et venir entre la Colombie et la France, et ce d'autant plus que
le passage devient de plus en plus difficile. D'autre part, les
individus vont aussi rapidement intégrer les injonctions de domination
et d'exploitation que sous-tendent ces papiers, puisqu'ils vont
les obliger à accepter ces situations sans protester par peur de
la reconduite aux frontières (reconduites qui sont cependant très
rares pour les Colombiens, nombreux se faisant contrôler sans papiers
et aussitôt relâchés par la police)
Ce n'est qu'avec
la réinterprétation et l'évolution du projet de départ que les individus
pourront éventuellement se détacher au moins en partie du groupe,
ou tout au moins ouvrir les espaces de sociabilité. Cette réinterprétation
se fait en général au travers des enfants, qu'ils soient nés en
France ou qu'ils soient arrivés déjà un peu plus grand, mais surtout
quand ils sont scolarisés, devant les possibilités d'études que
la France leur propose. Mais aussi, et surtout, devant le manque
de réelles possibilités de retour.
En effet,
ce que les autres immigrations ont montré avant tout, c'est que
le retour ne peut se faire que si la société d'origine est à même
de proposer des conditions socio-économiques favorables à ces anciens
émigrants, et ce rapidement avant que le processus d'intégration
ait commencé à se réaliser. En effet, si quelques individus rentrent
effectivement en Colombie, la majeure partie ne va jamais rentrer,
certains de ceux qui sont rentrés tenteront même de revenir au bout
d'un certain temps.
* Communication d'une thèse en fin de réalisation
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