ASOCIACIÓN DE ESTUDIANTES Y CREADORES
COLOMBIANOS EN FRANCIA
COLCREA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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ESPECIAL SIMÓN BOLÍVAR

EL CABALLO DE BOLÍVAR

Bolívar jamás tuvo un caballo: tiene un pueblo.
Uno tenía y era color de trigo y se lo regaló a José Martí.
Cuando murió Martí se lo regaló a un argentino y el argentino a un chileno
y el chileno a un jinete que venía de Nicaragua
y el jinete de Nicaragua no lo desensilló: Bolívar cabalga todavía.

Orlando Araujo

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Bolívar no defendió con tanto fuego el derecho de los hombres a gobernarse por sí mismos, como el derecho de América a ser libre.
...los envidiosos exageraron sus defectos.
Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.

José Martí en su estudio sobre los Tres Héroes: Bolívar, San Martín e Hidalgo

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Con motivo de festejarse un aniversario más del nacimiento del Libertador Simón Bolívar, desde Colcrea queremos rendirle un homenaje difundiendo algunos de sus textos mayores:
- " MI DELIRIO SOBRE EL CHIMBORAZO "
- " MANIFIESTO DE CARTAGENA "
- " LA CARTA DE JAMAICA"
- " DISCURSO DE ANGOSTURA "
- " ÚLTIMA PROCLAMA DEL LIBERTADOR SIMÓN BOLÍVAR "

A manera de presentación de las páginas bolivarianas, " CANTO A BOLÍVAR " de Pablo Neruda" y el texto de Arturo Uslar Pietri " LA HAMACA DE BOLÍVAR ".

Y para matizar un poco la imagen del héroe, presentamos el texto de Eduardo Escobar, " UN MAJADERO BOLÍVAR ? ", tomado de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín : www.bibliotecapiloto.gov.co/virtual/noticias/tiempo/contravia/0204.htm

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Canto a Bolívar

Pablo Neruda

Padre nuestro
Que estás en la tierra
En el agua, en el aire
De toda nuestra extensa
Latitud silenciosa
Todo lleva tu nombre Padre
En nuestra morada
Tu apellido
La caña levanta a la dulzura.
El estaño Bolívar
Tiene un fulgor Bolívar
El pájaro Bolívar
Sobre el volcán Bolívar
La patata, el salitre,
Las sombras especiales
Las corrientes, las vetas
De fosfórica piedra,
Todo lo nuestro
Viene de tu vida apagada.
Tu herencia fueron ríos,
Llanuras, campanarios,
Tu herencia
Es el pan nuestro de cada día
Padre.
Tu pequeño cadáver
De capitán valiente
Ha extendido en lo inmenso
Su metálica forma,
De pronto salen dedos tuyos
Entre la nieve
Y el austral pescador
Saca la luz de pronto
Tu sonrisa, tu voz,
Palpitando en las redes
De qué color la rosa
Que junto a tu alma alcancemos
Roja será la rosa
Que recuerde tu paso
Cómo serán las manos
Que toquen tus cenizas
Rojas serán las manos
Que en tu ceniza nacen
Y cómo es la semilla
De tu corazón muerto
Es roja la semilla de tu
Corazón vivo
Por eso, es hoy la ronda de manos
Junto a ti,
Junto a mi mano hay otra
Y hay otra junto a ella
Otra más hasta el fondo
Del Continente obscuro
Y otra mano
Que tú no conociste entonces
Viene también Bolívar
A estrechar a la tuya
De Teruel, de Madrid,
Del Jarana, del Ebro,
De la cárcel, del aire,
De los muertos de España
Llega esta mano roja
Que es hija de la tuya,
Capitán combatiente,
Donde una boca grita libertad
Donde un oído escucha
Donde un soldado rojo
Rompe una frente tarda
Donde un laurel de libres brota
Donde una nueva bandera
Se adorna con sangre
De nuestra nueva tierra.
Bolívar, Capitán,
Se divisa tu rostro
Otra vez entre pólvora y humo
Tu espada está naciendo
Otra vez tu bandera
Con sangre se ha bordado
Los malvados atacan
Tu semilla de nuevo
Clavado en otra cruz
Está el hijo del hombre
Pero hacia la esperanza
Nos conduce tu sombra,
El laurel y la luz
De tu ejército rojo
A través de la noche
De América,
Con tu mirada mira
Tus ojos que vigilan
Más allá de los mares
Más allá de los pueblos oprimidos
Y heridos,
Más allá de las negras
Ciudades incendiadas
Tu voz nace de nuevo
Tu voz otra vez nace,
Tu ejército defiende
Las banderas sagradas
La libertad sacude
Las campanas sangrientas
Y un sonido terrible
De sonidos parece,
La aurora enrojecida
Por la sangre del hombre.
Libertadores,
Un mundo de paz
Nació en tus brazos,
La paz, el pan, el trigo
De tu sangre nacieron
De nuestra joven sangre
De Nilo de tu sangre
Saldrá paz, pan, trigo
Para el mundo que haremos.
Yo conocí a Bolívar
Una mañana larga
En Madrid,
En la Boca del Quinto Regimiento.
Padre, le dije,
¿Eres o no eres o quién eres?
Y mirando al Cuartel de la Montaña
Dijo: Despierto cada cien años
Cuando despierta el pueblo.

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LA HAMACA DE BOLÍVAR

Arturo Úslar Pietri

En una de las vitrinas del Museo Bolivariano de Caracas hay una vieja hamaca desflecada, con los colores que fueron vivos, amortecidos por el tiempo. Es una hamaca de Bolívar. Fue una de las que él usó durante los largos años de aquellas campañas inagotables, de aquella andanza sin tregua que se tejió y retejió como el hilo del destino, por entre selvas, cumbres, ciénagas y llanuras, desde la boca del Orinoco hasta las riveras del Titicaca.

Esa hamaca colgó en la sala rústica de la casa del pueblo: Entre dos árboles a la intemperie para acampar por la noche. Durante los tiempos más difíciles y agitados de su lucha Bolívar no tuvo otro lecho. Era su cama, su silla de trabajo. Por la noche en tierra caliente, se tendía en ella a dormir su breve sueño nervioso. Al llegar, lo primero que hacía el asistente era tenderla. Venían los secretarios y los ayudantes y se ponían alrededor. Mientras él se mecía y se levantaba sin cesar, dictaba cartas y disponía operaciones.

Alguno de los europeos que menos lo entendieron no dejaron de escribir profusamente aquel uso de la hamaca. Les parecía que era la señal de su inferioridad y de su barbarie.

Hippisley y Ducoudray Holstein, por ejemplo, que escribieron amargos libelos contra él, hablaban con insistencia de la hamaca. Les parecía degradante.

La hamaca era el lecho del indio. Del indio pasó al mestizo criollo. Es cama y el sillón del hombre del pueblo. Viene de la más remota y profunda América. Forma parte esencial de una manera de vivir y por ello mismo también de una filosofía de la vida. Para quienes no entienden esa hamaca de Bolívar les ha de resultar difícil o imposible entender aquel hombre extraordinario y tan complejo. Que es precisamente lo que le pasó a Hippisley y Ducoudray Holstein. Y a tantos de ayer y de hoy.

Esa hamaca es manifestación de la americanidad fundamental de Bolívar. Había aprendido, probablemente a usarla y a amarla, en la casa paterna. Los esclavos que le enseñaron su uso debieron transmitirle también los más vivos valores tradicionales de la cultura popular de su país. Cantares, leyendas, música, consejas, proverbios, de indios, de negros, de mestizos. Que en su alma se mezclaban a la otra tradición, igualmente viva y vieja, que recibía de padres, maestros y mayores.

Sobre ese espíritu nutrido así de vivas raíces criollas y españolas vino a depositarse la cultura europea. Los libros de los enciclopedistas franceses y racionalistas ingleses, el arte poético de Boileau, el Emilio del gibelino, el lujo y el refinamiento del Madrid de Godoy, del París del consulado y del Imperio, y del Londres del final de Jorge III.

De esa época son sus dispendiosas aventuras del Palais Royal y tal vez aquel retrato del joven dandy que pudo pintar Gill en un taller londinense en 1810. Exterior y superficialmente debía parecer un joven rico de la aristocracia europea. Pero en lo profundo seguía vivo lo otro. A ratos afloraba con poderoso impulso. Con vehemente pasión que lo llevaba a renegar de aquella vida fácil y grata en que parecía complacerse. Así debió ocurrir en sus conversaciones en París con el Barón de Humboldt. Humboldt hablaba con pasión de aquella América de grandes ríos y selvas tropicales y de helados páramos y de sus pobladores. De una naturaleza de misterios y poderosa en creación y destrucción de la que Europa sabía poco, y de unas gentes no menos conocidas, pero llenas de destino y deseosas de encontrar su camino en la historia.

Con Simón Rodríguez también hubo de volver muchas veces al tema americano. Su antiguo maestro de primeras letras en Caracas le sirvió de guía por el mundo del racionalismo en sus dos visitas a Francia. Juntos hicieron a pie el viaje París a Italia divagando libremente por los reinos de la cultura y de la curiosidad. Rodríguez había partido de Rousseau en busca de una pedagogía que pudiera realizar el destino americano. Tanto debieron hablar de su América criolla en acuerdo y en contradicción con las ideas europeas que al término de la andanza, entre ruinosos mármoles de una colina romana, el joven hizo el exaltado juramento, digno de un héroe de Byron, de consagrar su vida a alcanzar la independencia para la América española.

Su vuelta a América en 1807 es vuelta y regreso en más de un sentido. Regresa no solo a dedicarse a la causa exterior de lograr la independencia de su América, sino a la causa profunda de entender y realizar aquel mundo tan lleno de oscuras posibilidades.

Para muchos hombres de aquel tiempo el proceso de la independencia parecía poder reducirse a una simple amputación. Cortar la dependencia que los ataba a la corona de España, sin que ocurrieran conmociones o "peligrosas novedades", sin contaminación de afrancesamiento subversivo. Para éstos, la ruptura de la dinastía española con la invasión napoleónica pareció ofrecer la oportunidad ideal.

Otros, gente más cosmopolita y enamorada del progreso, concebían la independencia como una oportunidad de poner en práctica las instituciones y los ideales de la república democrática tal como se había visto en los Estados Unidos y en Francia.

Bolívar advierte desde el primer momento que el problema es otro, mucho más complejo y arduo. No es el de satisfacer los intereses materiales de quienes no tienen sino intereses, ni el de realizar delirios ideológicos de quienes no tienen sino teorías. Habrá primero que ganar la independencia en los campos de batalla y no en meras actas de asambleas, y habrá luego que buscar las instituciones estables que correspondan a la realidad económica y social de la América hispana.

Bolívar ve fracasar la primera república de Venezuela en 1812. Había sido proclamada y creada sin sangre y sin tropiezos. La habían dotado de una constitución donde habían acomunado todas las perfecciones teóricas de una república ideal. Y sin embargo se derrumbó rápida y dolorosamente ante la marcha de un soldado afortunado.

En medio de aquella primera catástrofe Bolívar revela algunos rastros esenciales de su extraordinario carácter. Su capacidad de comprender la realidad y su fe indomable. Desde el primer momento manifiesta la convicción de que nada está perdido y que el triunfo final habrá de pertenecer a los patriotas. En su Manifiesto de Cartagena de 1812 y en su Carta de Jamaica de 1815 no sólo aparece esa convicción en el tono más enérgico y persuasivo, sino que también plantea el problema de la organización de los nuevos estados americanos en los términos más penetrantes y exactos en que nadie lo había hecho hasta entonces.

Lo que Bolívar concibe claramente desde el comienzo, y que se convierte en la norma directa y fundamental de su pensamiento y de su acción, es la idea de la peculiaridad del mundo americano. Las concepciones y las teorías aprendidas en Europa o en los Estados Unidos deben adaptarse a las características de los nuevos países. La geografía, la historia, las antiguas leyes, los usos tradicionales de esos pueblos deben ser tenidos en cuenta de manera primordial. Sobre esos hechos deben meditar los legisladores para concebir las instituciones adecuadas.

En 1819, en su Discurso de Angostura, que es acaso la más luminosa de sus piezas escritas, plantea claramente el problema de que las nuevas naciones necesitan hallar instituciones propias. Sus ideas de entonces vienen a ser como la consecuencia y el desarrollo de las que había expresado con tanta clarividencia en 1815, desde el destierro de Jamaica, en su famosa carta dirigida a un caballero inglés: "Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte, cercado de dilatados mares; nuevos en casi todas las artes y las ciencias, aunque en cierto modo viejos en los usos de la sociedad civil".

La intuición genial de esa realidad es la que dicta su acción de guerrero y su obra de político. La creación de un ejército capaz de ganar y asegurar la independencia de la América española durante quince años de guerra hubiera sido empresa suficientemente colosal para asegurar su gloria. Bolívar sabe hallar el ejército espontáneo que estaba en el espíritu de su pueblo. Su táctica es que la geografía y la psicología popular le dictan. Él sabe hallar el profundo minero de energía que estaba como dormido debajo de aquellas pieles morenas y de aquellos ojos que habían parecido sumisos durante tres siglos. Él va hacer del ejército "el pueblo activo". Con ese ejército de campesinos que toma las armas sin abandonar sus ropas de labranza, los más descalzos, los más durante los primeros tiempos sólo con armas blancas, sin intendencia, sin soldada, casi sin medicinas. Con ese ejército, en más de cuatrocientas acciones de armas y en un teatro de operaciones de más de cinco millones de kilómetros cuadrados, Bolívar gana la independencia para los países que hoy son Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Panamá y pone fin al dominio español en la América del Sur.

Esta es la obra de su tenacidad, de su voluntad heroica pero también de su medio, de su hora y del genio de su pueblo. Uno de sus más notables contrincantes, el General español Pablo Morillo, quien vino a combatirlo a Venezuela al frente de la mejor y más numerosa expedición de tropas peninsulares que nunca vino a América, dijo de él: "Alma indomable, a quien le basta un triunfo, el más pequeño, para adueñarse de quinientas leguas de territorio... Bolívar es el jefe de más recursos y no hallo cómo ponderar su actividad. Mucha fuerza se necesita para vencer a estos rebeldes que no desmayan con ninguna derrota y que están resueltos a morir antes que someterse... Nada es comparable a la incansable actividad de este caudillo... Su arrojo y su talento son sus títulos para mantenerse a la cabeza de la revolución y de la guerra".

Simultáneamente con la guerra se le va planteando el problema de la organización de los nuevos estados. Su ideal político interno es el de la libertad sin anarquía, el del orden sin la injusticia, el de la "mayor suma de felicidad posible" para todos. En Angostura lo expresó con toda claridad: "Un Gobierno Republicano ha sido, es y debe ser el de Venezuela; sus bases deben ser la soberanía del pueblo: la división de los poderes, la libertad civil, la proscripción de la esclavitud, la abolición de la monarquía y de los privilegios". A ese objeto han de ir encaminados sus pasos durante toda la larga pugna por establecer un orden político estable en las nuevas naciones. Las circunstancias y los medios varían en ocasiones. Pero el fin se mantiene el mismo hasta su última hora.

Para la política exterior concibe desde los comienzos de la revolución la necesidad de que la América hispana se organice como un todo o por lo menos como un conjunto de grandes estados y confederaciones. Ya desde 1813 habla de la necesidad de unir a la Nueva Granada y Venezuela. Más tarde se lanza a la empresa de convocar el Congreso de Panamá de 1826 para establecer una organización americana que pudiera ser el punto de partida de una organización internacional ecuménica. Su América debe organizarse para convertirse en uno de los polos del equilibrio universal. En 1813 había hecho publicar en Caracas lo siguiente: "La ambición de las naciones de Europa lleva el yugo de la esclavitud a las demás partes del mundo; y todas estas partes del mundo debían establecer el equilibrio entre ellas y la Europa, para destruir la preponderancia de la última. Yo llamo a esto equilibrio del Universo y debe entrar en los cálculos de la política".

Él se hace el supremo interprete del alma criolla en trance de creación. Nadie caló más hondo en la naturaleza de su pueblo y miró con más anticipación los peligros del porvenir.

Tenía en la cabeza todo lo que podían tener las gentes más cultas de su tiempo. Pero solo como antecedente, como complemento o como punto de partida. Para la interpretación del destino de aquel "pequeño género humano" era poco lo que podían servirle las concepciones europeas. América era cosa distinta y debía dar sus propias soluciones. Su Rousseau, su Montesquieu, su Bentham estaban en él balanceados por su poderosa comprensión del instinto del llanero a caballo, del andino de ruana, del boga de los grandes ríos. Había sabido macerar lo europeo en la vigilia de la hamaca criolla. Lo que iba a surgir en acción y en pensamiento era cosa distinta: la concepción americana de Bolívar.

Aquella hamaca resulta así de un gran simbólico. Es el legado visible y pintoresco del mundo criollo donde están clavadas sus más hondas raíces.

Menudo, nervioso, iluminado, impulsivo, resonante, la vida de Bolívar parece consumirse en una angustiosa fiebre de creación. Sus problemas no fueron nunca solamente los del general de un ejército, ni los de gobernante de un país. Él se sentía cargado con la responsabilidad del destino americano. De realizarlo él, o de que quedara irrealizable durante generaciones. Las batallas, las marchas, los problemas administrativos, las combinaciones políticas venían a reducirse a fragmentos o etapas de aquella inagotable empresa sobre humana a la que se había sentido consagrado. "Yo soy el hombre de las dificultades" dijo en alguna ocasión, y en otra dijo también que era uno de los mayores majaderos de la humanidad. Con lo que declaraba el carácter desesperado y extraordinario de su vocación.

Su grandeza y su tragedia arrancan de esa compleja comprensión de su misión. Si hubiera sido un mero ideólogo imbuido de ideas aprendidas de Europa, republicanas o monárquicas, como abundaron tantos en su tiempo, habría encontrado satisfacción y derivativo en la proclamación de principios teóricos.

Si hubiera sido tan solo un oportunista, apegado a las circunstancias se habría dedicado a disfrutar de su botín de autoridad sobre el inmenso territorio capturado. A hacer en grande lo que después hicieron todos los caudillos locales.

Pero él no quiere ni lo uno ni lo otro y ambas formas le parecen males abominables. Detesta a los ideólogos tanto como a los hombres de presa. La independencia no le parece el fin sino un paso previo. Lo más importante es lo que ha de venir después: la organización del mundo de Colón en una poderosa estructura política, donde quepan las realidades y las esperanzas sin daño y sin engaño.

Por eso mismo, al final de su vida se siente agobiado por el desengaño: "La independencia es el único bien que hemos alcanzado, a costa de todos los demás", dirá con desolación. Porque para él es dolor y desengaño ver caer a aquellos países recién libertados al precio de tantos sacrificios en las variadas formas de caudillismo dictatorial.

Ese buscar sin tregua, que es también constante revelación, es lo que lo mantiene vivo y válido para la empresa todavía abierta de realizar la América en la que él estaba empeñado. Bolívar no encarna solo un gran acontecimiento histórico. Es también una causa y un camino. Tanto como en el glorioso pasado, está el porvenir de los pueblos a los que se dio.

Es difícil de entender porque su mundo es difícil de entender. En él toma conciencia y forma inmarchitable el gran proceso de mestización cultural de la vida criolla. Es voz y brazo no solo de aquellos hombres que se lanzaron a hacer milagros a su llamada, sino de todas las vastas muchedumbres que lo siguen nombrando y buscando. No está ni dormido, ni muerto, ni en calidad de recuerdo, ni en sustancia de archivo: "Yo los he representado en presencia de los hombres, yo los representaré en presencia de la posteridad" es lo que sigue respondiendo a la gente inquieta y buscadora.

Los que sólo miran sus libros europeos, su trato mundano, sus uniformes de parada, sus maestros, sus viajes, su cultura, no podrán nunca entenderlo cabalmente. Hay que mirar también aquella hamaca que lo acompañó hasta la hora de morir. Tejida por manos mestizas, legado de lo más viejo y lo más hondo de la tierra y de las gentes que él nació para encarnar.

 

MI DELIRIO SOBRE EL CHIMBORAZO

Simón Bolívar

Yo venía envuelto en el manto de Iris, desde donde paga su tributo el caudaloso Orinoco al Dios de las aguas. Había visitado las encantadas fuentes amazónicas, y quise subir al atalaya del Universo. Busqué las huellas de La Condamine y de Humboldt seguílas audaz, nada me detuvo; llegué a la región glacial, el éter sofocaba mi aliento. Ninguna planta humana había hollado la corona diamantina que pusieron las manos de la Eternidad sobre las sienes excelsas del dominador del los Andes. Yo me dije: este manto de Iris que me ha servido de estandarte, ha recorrido en mis manos sobre regiones infernales, ha surcado los ríos y los mares, ha subido sobre los hombros gigantescos de los Andes; la tierra se ha allanado a los pies de Colombia, y el tiempo no ha podido detener la marcha de la libertad. Belona ha sido humillada por el resplandor de Iris, ¿y no podré yo trepar sobre los cabellos canosos del gigante de la tierra? Sí podré! Y arrebatado por la violencia de un espíritu desconocido para mí, que me parecía divino, dejé atrás las huellas de Humboldt, empañando los cristales eternos que circuyen el Chimborazo. Llego como impulsado por el genio que me animaba, y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento: tenía a mis pies los umbrales del abismo.

Un delirio febril embarga mi mente; me siento como encendido por un fuego extraño y superior. Era el Dios de Colombia que me poseía.

De repente se me presenta el Tiempo bajo el semblante venerable de un viejo cargado con los despojos de las edades: ceñudo, inclinado, calvo, rizada la tez, una hoz en la mano…

"Yo soy el padre de los siglos, soy el arcano de la fama y del secreto, mi madre fue la Eternidad; los límites de mi imperio los señala el Infinito; no hay sepulcro para mí, porque soy más poderoso que la Muerte; miro lo pasado, miro lo futuro, y por mis manos pasa lo presente. ¿Por qué te envaneces, niño o viejo, hombre o héroe? ¿Crees que es algo tu Universo? ¿Que levantaros sobre un átomo de la creación, es elevaros? ¿Pensáis que los instantes que llamáis siglos pueden servir de medida a mis arcanos? ¿Imagináis que habéis visto la Santa Verdad? ¿Suponéis locamente que vuestras acciones tienen algún precio a mis ojos? Todo es menos que un punto a la presencia del Infinito que es mi hermano".

Sobrecogido de un terror sagrado, "¿cómo, ¡oh Tiempo! -respondí- no ha de desvanecerse el mísero mortal que ha subido tan alto? He pasado a todos los hombres en fortuna, porque me he elevado sobre la cabeza de todos. Yo domino la tierra con mis plantas; llego al Eterno con mis manos; siento las prisiones infernales bullir bajo mis pasos; estoy mirando junto a mí rutilantes astros, los soles infinitos; mido sin asombro el espacio que encierra la materia, y en tu rostro leo la Historia de lo pasado y los pensamientos del Destino".

"Observa -me dijo-, aprende, conserva en tu mente lo que has visto, dibuja a los ojos de tus semejantes el cuadro del Universo físico, del Universo moral; no escondas los secretos que el cielo te ha revelado: di la verdad a los hombres".

La fantasma desapareció.

Absorto, yerto, por decirlo así, quedé exánime largo tiempo, tendido sobre aquel inmenso diamante que me servía de lecho. En fin, la tremenda voz de Colombia me grita; resucito, me incorporo, abro con mis propias manos los pesados párpados: vuelvo a ser hombre, y escribo mi delirio.

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ULTIMA PROCLAMA DEL LIBERTADOR SIMÓN BOLÍVAR
(1830)

Simón Bolívar,
Libertador de Colombia, etc.

A los pueblos de Colombia

Colombianos:

Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aun mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiábais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono.

Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la Unión: los pueblos obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía; los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando su espada en defender las garantías sociales.

¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro.

Hacienda de San Pedro, en Santa Marta, a 10 de diciembre de 1830.

 

 

¿UN MAJADERO BOLÍVAR ?

Tal vez entenderemos la mala vida que nos damos, desenredando el embrollo omnipresente de Bolívar. POR EDUARDO ESCOBAR

El señor Julio Daniel Sanabria, en las "Cartas del Lector", me hizo merecedor de una suave vaciada por atreverme a llamar majadero a Bolívar. Y me invita a ilustrar la injuria. Agradezco ambas cosas. Por dos razones principales. Sanabria saca un rato de su valioso tiempo para leer estos escarceos de un impertinente contumaz. Y me da ocasión para ventilar sentimientos ambiguos que proliferan en mi interior hace años.

Bolívar es fascinante. Una personalidad excesiva en misterios y riquezas humanas, en la gloria y en la derrota. Dicen que los viudos atraen la mala suerte: fue viudo precoz. Y para rematar, huérfano temprano. A pesar de todo, tiene un encanto difícil de superar para el alma latinoamericana. Su fama de donjuán a caballo sembrando amores a lo largo del Continente pone un toque entrañable en la imagen paternal, sobre todo unida al prestigio guerrero. Además de matador y amante fue escritor, crítico literario, visionario, profeta, constitucionalista, bailarín. Para redondear la figura, su destino trágico lo acerca a ciertos héroes clásicos. Vencido por las bajezas humanas, devorado por sus hijos, se asemeja al Lear de Shakespeare.

Sus estatuas se cuentan por cientos. Por miles las novelas, poemas, biografías que le han dedicado: una literatura inagotable. Ningún americano posee una iconografía tan abundante. Ni una gloria igual. Ni siquiera comparable con la suya. Sin embargo, según algunos, muchos males colectivos que padecemos encuentran origen en este quijote cuya aventura abarcó seis millones de kilómetros cuadrados. Creo que es exagerado afirmar que la grotesca inclinación a masacrarnos que nos deshonra es la herencia negra de su mandato de guerra a muerte, de su crueldad en los comienzos de su campaña; que imbuido en los valores de la Ilustración y la pasión romántica realizó una revolución innecesaria y sobre todo inoportuna; que fue instrumento de la diplomacia inglesa en conflicto con el imperio español; que estas naciones pendencieras no estaban preparadas para recibir el don sagrado y terrible de la libertad.

En todo caso, es obvio que no creó después de la guerra un orden nuevo. Y a su muerte nos precipitamos en un viscoso estado espiritual próximo a la barbarie que se prolonga hasta hoy. Cambiamos la monarquía por la desmembración esquizofrénica. Seguimos siendo colonia de los vicios. Dejamos de ser siervos de España para convertirnos en esclavos de nosotros mismos. Las mayorías pardas, indios, negros, mestizos y peninsulares y criollos pobres, nada oscurece como la pobreza, fueron traicionadas por su revolución.

En vez de la dicha encontraron una cadena de catástrofes. Y todos nos automutilamos y degradamos al renegar de la rica tradición cultural de la Madre española para ser monos de Francia. Es el deseo inquieto de un gobierno local lo que confunden con el amor por la libertad y las ideas republicanas. Escribió Humboldt en vísperas de la revolución. Para encontrar su lugar en el mundo el muchacho debe zafarse de la tutela familiar, de los espejismos de la seguridad. Y las naciones están obligadas también a revisar sus héroes y sus mitos. Entre el insignificante Bolívar de Marx, el de Sañudo, ambicioso, enfermo de envidias y celos, Sañudo no le perdona siquiera sus polvos de camino, y el de Liévano Aguirre, cuya biografía es un canto de amor, debe hallarse la verdad. La divinización de Bolívar es el arrepentimiento colectivo de las naciones que fundó. Después de los vejámenes, la expiación de la ingratitud. O la compensación contra la mala conciencia de la incapacidad para realizar la bondad de su sueño. Tal vez entenderemos la mala vida que nos damos, desenredando el embrollo omnipresente de Bolívar. Que ha servido para justificar toda clase de cosas contradictorias: el conservadurismo recalcitrante de Laureano, la locura incendiaria de 'Jojoy' y la dictadura mulata de Chávez.

Por último. Bolívar mismo se llamó majadero en sus últimas amarguras. Y en 1829 escribió: nunca he visto con buenos ojos las insurrecciones y últimamente he deplorado hasta la que hemos hecho contra los españoles.